Opinión

REGISTRO AKÁSICO

Desvaríos y desatinos

Antonio Mosquera Aguilar

Antonio Mosquera Aguilar

Las crisis son el momento propicio para el desconcierto. Muchas veces desaparecen signos y otros linderos que dan seguridad en el área donde se comparte la razón y la imparcialidad. A fuerza de discutir cosas serias, la charla cae en el devaneo y se comienza a disputar sobre asuntos sin sentido.

¡Albricias!, tenemos a nuestra Camila Vallejo. Es igualita a la ahora diputada chilena. Aquella tuvo una meteórica carrera política, de la presidencia de la FeCh, se convierte en la diputada más joven de Chile. No tiene parangón en el país. Aquí, cuesta más. Avanzar se convierte en una lucha de intrigas y bloqueos. Si se les compara físicamente a la nativa con la chilena, el parecido es proverbial. Salvo los ojos claros de la chilena; cuando ambas sonríen, concitan a la movilización o al paro. Estéticamente, es un acierto de quienes mueven los hilos de seda, con los que la mano peluda busca producir marionetas.

¡Cuidado! nos estamos pasando de la raya. Ese comentario que desea ser jocoso, puede ser deleznable. En efecto, se yergue quien busca mantener la compostura. Seamos serios, dice. Está enojado por manifestantes en zancos o disfrazados de mimos. La revuelta es un asunto grave. No es posible que anden por allí, con rótulos jocosos. Los que siguen al comunicólogo Richard Dawkins indican que las bromas son unidades culturales de procesos inconscientes que ansían la rebelión. Son memes. El presidente con cuernos, la exvicepresidenta deleitándose con una mojarra, los candidatos peteneros desesperados por la elección, etc. Pero nuestro colega prohíbe luchar por el socialismo; tiene para sí el privilegio de insultar a los caciferos. Llama a terminar con la oligarquía, mientras frena los ánimos revolucionarios. Simétrico, el luchador contra el terrorismo denuncia la conspiración comunista. ¡Alarma!, se incendia la calle. Comprobado, un bus con acarreados. Acusa a la PNC como la mayor causante de atascos. Bien se ve que no sufre a la PMT a las cinco de la tarde, en las arterias viales de esta ciudad.

La palma en la trama bufonesca es para el señor de los anillos, Haroldo Sánchez. Actuó en televisión, como un poseído. Echaba pestes al embajador yanqui por no realizar su trabajo, su misión: dar golpes de Estado. Para eso está, dijo. Vilipendió al Ejército. ¡Cobardes! Les increpó. ¿Por qué durante el enfrentamiento armado, aquellos otros, fueron valientes? Cuando Jimmy Carter les pidió que dejaran de realizar actos de genocidio. Lo ignoraron. Se rebelaron ante los gringos y buscaron armas en otros países. Ahora, les da miedo, un embajador pusilánime, manifestó. ¿Dónde quedaron esos adalides del pundonor castrense? Sentenció; mientras triste, bajaba la cabeza. Inmediatamente, la levantó, para anunciar el programa de futbol que seguía.

Y eso que estamos en la primera escena. Todavía falta mucho en esta tragicomedia.

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