Opinión

Cable a tierra

El valor de la utopía

Karin Slowing

Karin Slowing

“¿Qué tal si deliramos por un rato? ¿Qué tal si clavamos los ojos más allá de la infamia, para adivinar otro mundo posible?”. Estas letras de Eduardo Galeano, ese otro uruguayo universal que falleciera el pasado lunes, me parecen especialmente relevantes para las circunstancias que vivimos. Como explicaba Galeano, el principal valor de una utopía no está en su precisa realización; es que nos impulsa a caminar y con ello, a construir también nuevos derroteros para nuestros pasos.

Uno de los grandes problemas que tenemos es que durante la guerra interna que vivimos nos quisieron matar la utopía. Intentaron acabar con sus portavoces, dejarnos huérfanos de sueños. No obstante, en medio de ese terror, se gestaron dos hechos que marcaron los últimos 30 años de nuestras vidas y rompieron, al menos parcialmente, con el rumbo de sangre que llevábamos: la democratización y la firma de la Paz. ¿Qué hubiera sido del país si no hubiera habido gente que impulsó esos procesos que, en un inicio, nadie apostaba que serían portadores de un futuro distinto?

Me parece que estamos demasiado convencidos de que ya no tenemos otro destino posible, más que volver a tropezar con la misma piedra. Hemos caído en una especie de fatalismo, en una resignación malsana que nos induce a pensar que todo lo que ha sido tiene necesariamente que volver a ser, sin darnos cuenta de que así nos convertimos en los principales agentes reproductores de esa misma situación que quisiéramos que cambiara.

Nada cambia solo. Son nuestras decisiones las que enrumban nuestros pasos, las que nos impulsan a resistirnos a la inercia, a un devenir supuestamente preescrito. A nivel global, Bradley Manning, Julian Assange, Edward Snowden, Hervé Falciani y Malala Yousef son ejemplos globales recientes del poder que tiene la conciencia para cambiar el mundo conocido. No son seres extraordinarios; son personas comunes que han decidido no resignarse a ver ocurrir cosas a su derredor sin hacer algo al respecto; que dejaron la comodidad con que seduce el sistema para vivir en paz con su conciencia. Al desafiar lo establecido, forjan nuevas utopías para todos los demás. Por supuesto, nadie les asegura el éxito, ni tampoco recompensa. Más bien, se han convertido en parias para el sistema. Y eso intimida.

En Guatemala también hay esta casta de gente. Se muestra cuando un funcionario público no cede a firmar la adjudicación de una licitación manoseada, a sabiendas de que puede perder su empleo; cuando el empresario no entrega la mordida solicitada, aun y cuando se juegue el contrato de la obra. Cuando no se transan los principios a cambio de una magistratura. Cuando una comunidad se une para impedir atropellos a su forma de vida.

Este es el otro mensaje: las utopías son proyectos de realización colectiva. ¿Qué hubiera pasado si no hubiera sido solo Claudia Escobar, sino todos los candidatos quienes denunciaran las espurias negociaciones detrás de las magistraturas? ¿Qué pasaría si las izquierdas se pusieran anteojos para la miopía y se articularan en un solo frente? ¿Si el Tribunal Supremo Electoral tomara la decisión de cancelar los partidos políticos que han violado reiteradamente la Ley? Se modificarían drásticamente todos los escenarios que se han concebido a la fecha y otros futuros serían plausibles.

Por absurdos que parezcan, estos ejemplos señalan el otro gran valor de las utopías: en algún momento, alguien más pensará que, a fin de cuentas, ese horizonte imaginado no era tan descabellado e inventará nuevas maneras de volverlo realidad…