Opinión

PLUMA INVITADA

El viejo arte del timo

Brenda Cetino

Brenda Cetino

Cuando el invitado entró en la casa de don Lico, todos lo esperaban con la curiosidad que despierta un mago. Mientras las mujeres de la casa le servían cuanto se le apetecía, ya que aparentaba ser muy importante, pues incluso vestía de tacuche, el recién llegado, a quien nunca le preguntaron siquiera su nombre, les fue explicando cómo era capaz de duplicar el dinero con una fórmula mágica que solo él poseía.

El entusiasmo se apoderó del ánimo de todos, y cada miembro de la familia fue aportando billetes de Q10, Q20 o Q50, según fueran sus ingresos o el tamaño de su ambición. Incluso hubo quien le entregó dos de Q100 para que se convirtieran en Q400.

El invitado tomaba cada billete y lo envolvía en un pedazo de periódico. Luego fue introduciendo uno por uno en un agujero que había hecho en la pared. Antes de retirarse les advirtió de que debían esperar 10 días para desenvolver los rollitos. Por nada del mundo debían hacerlo antes, pues solo obtendrían papel carbón y echarían a perder la magia, al punto de que hasta lo aportado se desvanecería.

Durante 10 largos días la expectativa estuvo puesta en los rollitos metidos en el agujero de la pared, pero nadie se dejó vencer por la curiosidad. Llegado el momento se reunieron todos para sacar su dinero duplicado, pero grande fue su decepción al encontrar los papeles vacíos. ¿Y los billetes? Incrédulos se miraron y no faltó quien soltara la carcajada por la tremenda baboseada, pero como buenos guatemaltecos decidieron no decir nada, por vergüenza.

Como esta hay muchas historias sobre timados, y se cuentan de manera tan colorida que hasta son parte del anecdotario folclórico.

Un amigo cuenta que cierta vez llegó a su casa un desconocido, de esos caebién de entradita, que pronto se echan a todos en la bolsa con sus chanzas y dicharachos. Este les aseguró que se dedicaba a fabricar zapatos y llevaba consigo una revista que mostraba para que el interesado eligiera color y estilo. Para comenzar el trabajo “solo” se le debía entregar el 30 por ciento del valor total, y el resto se le podía pagar cuando entregara el producto, “a fin de mes”.

En fila fueron pasando grandes y chicos para que el individuo les dibujara el pie sobre un cartón, para tomarles la medida. Algunos encargaron más de un par, ya que el calzado estaba bonito y barato. Ahora que han pasado algunos años del suceso comentan entre carcajadas: “Todavía estamos esperando los zapatos”.

Anécdotas como estas se van contando de generación en generación y aún así no falta quien caiga en la trampa. Por eso damos limosna a paralíticos que a la vuelta de la esquina recobran mágicamente la facultad de caminar; cojos o mancos que sorprendentemente se sacan la pierna o la mano de la manga, o ciegos que tocan donde no deben. No falta quien caiga en la tentación de comprar pomadas curalotodo, lociones “ven dinero” o jabones rejuvenecedores.

En estos días se suben a la tarima toda clase de timadores que aseguran que conocen la fórmula para acabar con todos los males que nos aquejan. Lo único que piden es que marquemos una equis sobre su foto o símbolo. Estos son los peores, y no dan risa precisamente.

 bcetino@yahoo.com