Opinión

LIBERAL SIN NEO

Están desnudos

Fritz Thomas

Fritz Thomas

Un emperador vanidoso a quien le gusta vestir y presumir las más finas vestimentas contrata a dos timadores, que se hacen pasar por sastres, para que le confeccionen bellos trajes. Los sastres le ofrecen una hermosa tela, invisible a los incapaces para desempeñar su puesto y a los tontos sin remedio. Los ministros del emperador no pueden ver los trajes, pero hacen como que sí, con tal de no parecer incapaces y tontos. El emperador, por supuesto, hace lo mismo. Al cabo de un tiempo, los sastres informan que han finalizado los trajes y visten al emperador mientras lo adulan y miman. El emperador encabeza un desfile, seguido por todos sus ministros, y la gente del pueblo le sigue el juego, no queriendo parecer tontos. Un niño entre la multitud, muy pequeño para entender que hay que seguirle el juego, grita: ¡el emperador está desnudo! El emperador sospecha que lo que dice el niño es cierto, pero sigue caminando como si nada.

La nuevas ropas del Emperador —Kejserens nye Klæder en danés—, escrito por Hans Christian Andersen y publicado en Dinamarca en 1837, es uno de los cuentos de hadas más conocidos del mundo occidental. Tuve la suerte de que mi madre me leyera muchos cuentos de niño, y este fue uno de los primeros que escuché. Me leyó la mitología griega y la alemana, Las mil y una noches y, por supuesto, los cuentos de Andersen, por lo que le estoy eternamente agradecido.

Supongo que el comisionado de la Cicig, Iván Velásquez, es el niño del cuento en Guatemala. No ha dicho nada que no fuera de conocimiento común, pero ha lanzado un grito fuerte para denunciar y nombrar a los actores. Confieso no ser admirador de la Cicig, por no haber hecho mayor cosa y por hacerle juego y eco a la industria extractiva de la protesta social. Pero con este caso de la red mafiosa de defraudación aduanera merece aplauso y respeto, al igual que la fiscal general, Thelma Aldana. Qué huevos.

El exsuperintendente de la SAT Carlos Muñoz, ese mismo señor que aparecía en los noticieros montado en caballito de superioridad moral, con soberbia, sermoneando a la población por no pagar impuestos, fustigando a los demás. Sentado en la mesa de la Comisión Nacional contra el Contrabando (Conacón), opinando, disponiendo y percibiendo dietas, mientras huevea. Omar Franco, su sucesor, designado “por sus capacidades y conocimientos”, lo mismo. Patético. ¿Qué nos dice que este calibre de personas pueda llegar a estas posiciones de tanto poder?

Juan Carlos Monzón Rojas, secretario privado de la Vicepresidencia. ¿Cómo podría una persona con sus antecedentes tener ese puesto? ¿Qué pasaría por su cabeza durante las reuniones de la Comisión Nacional contra el Contrabando? ¿Pensaría que los demás miembros de la Comisión eran unos tontos? No, porque algunos, como Muñoz y Franco, eran de la misma gavilla. ¿Hay más Monzones? Pregunta retórica.

Ojalá que Muñoz, Franco, Monzón y el Teniente Jerez no se vayan a algún hospital porque les duele el estómago o tienen pie de atleta, salgan bajo fianza y les sea conmutada la pena por el pago de cien quetzales. Ojalá esta no sea una llamarada de tuza, se llegue hasta las últimas consecuencias, sea tan solo el primer golpe de muchos que vendrán. Ojalá sea el inicio de una persecución implacable donde vayan cayendo como dominós todos los ladrones nuevos ricos que ordeñan las instituciones del Estado. Ojalá se empiece a cercenar y limpiar todo lo que está podrido, se inicie la cura, y no vengan nuevos a hacer lo mismo. Ojalá se vea claro que están desnudos.

fritzmthomas@gmail.com