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27/02/13 - 00:00 Opinión

PUNTOS SOBRE PAPEL

Somos felices

Me siento gratamente sorprendido, porque de acuerdo con un despacho publicado en México y originado por la agencia de noticias AP, siete de los 10 países donde la gente dice estar más feliz en el mundo están en Latinoamérica, y entre ellos está Guatemala. No tiene relación esa escala con el éxito económico, señala la publicación firmada por Michael Weissenstein; tampoco la escala tiene algo que ver con el índice de desarrollo humano, la seguridad o las expectativas.

Julio Ligorría Carballido

JULIO LIGORRíA CARBALLIDO

Simplemente es un tema de actitud ante la vida y aceptación de las cosas buenas, ponderándolas por encima de las cosas malas.

De acuerdo con la información, la firma Gallup hizo mil encuestas por país en 148 países, para preguntarles a sus habitantes si se sentían tratados por sus semejantes con respeto, si aprendían algo cotidianamente o si el descanso les satisfacía. Preguntaron también, entre otras cosas, si tenían razones para reír y si eso era frecuente y espontáneo. Y aunque parezca sorprendente, los países más ricos del mundo quedaron lejos de los 10 primeros en la lista; Panamá y Paraguay quedaron en los primeros lugares, seguidos de El Salvador, Venezuela, Trinidad y Tobago, Tailandia, Guatemala, Filipinas, Ecuador y Costa Rica. Singapur, Alemania, Qatar y otros de ese mismo nivel de riqueza quedaron muy atrás en la lista.

¿Cómo aceptar una investigación así, sabiendo lo complejo que es nuestro país y nuestra realidad? Es una buena pregunta que tiene su respuesta en la misma nota de AP: a pesar de tener economías débiles y fuertes problemas sociales, los ciudadanos de los países felices tienen un mejor nivel de vida emocional que otros, porque en su entorno cercano —familia, trabajo y otras formas de autorealizarse— prevalece la amistad, el entusiasmo y la esperanza. Existe —y eso no lo dice la nota, sino es cosecha mía— una cultura donde podemos reír de todo, saborear lo mucho o lo poco que tengamos y vivamos, y el futuro no es razón de angustia sino de esperanza.

Obvio es que no todos estamos felices. Muchos viven de una cultura de desprestigio y del mensaje negativo permanente. Agreden, acechan y critican todo lo que está a su alcance. Son de la cultura del vaso medio vacío —jamás verán el vaso medio lleno— y creen que envenenando todo y a todos las cosas cambiarán. Y en eso tienen algo de razón, no lo discuto: envenenando se cierran caminos y se cambian oportunidades, las que a ellos les convienen. Coincido con una columna de Alfred Kaltschmitt de la semana pasada, Los cocos en tierra de Babel, en que decimos unas cosas pero hacemos otras y nos volvemos incomprensibles. Pero también creo que los mercaderes de la desgracia y la crítica van perdiendo la batalla: nadie nos quita a los chapines la expectativa de un futuro mejor.

Si detrás de cada acción nos acostumbramos a ver lo malo, no apreciaremos las cosas positivas que se aproximan.

El tema entonces se vuelve cómo tener una actitud positiva ante la vida. Y en eso creo que está el secreto de muchas de nuestra actitudes: salimos al día a día convencidos de que triunfaremos, que podremos enfrentar los problemas con ganas y una sonrisa, o empezamos la jornada agotados. Creo que estamos muchos más en la primera de estas dos opciones planteadas. Y por eso creo que ese índice de felicidad al que se refiere Gallup, algo tiene de cierto: quizá ricos no somos, pero felices, seguro lo intentamos.


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