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Prensa Libre

20/07/13 - 00:00 Opinión

EL QUINTO PATIO

El hábito

El hábito es una especie de segunda naturaleza. Es una manera de organizar las respuestas del ser humano a su entorno, crear un sistema facilitador de innumerables funciones que se repiten a lo largo de su vida sin mayores variaciones. Constituye en sí mismo un factor de economía mental, de movimientos y energía para la realización de rutinas que no exigen atención consciente. Es, como se puede apreciar, un mecanismo muy útil en la vida diaria. El problema es cuando el hábito se instala como una actitud de resignación

CAROLINA VáSQUEZ ARAYA

o pasividad ante situaciones que requieren toma de decisiones, análisis y acción. Es lo que sucede a la ciudadanía cuando los acontecimientos la sobrepasan en impacto y saturan su capacidad de respuesta, alterando su entorno y condicionando todos los aspectos de su vida.

La criminalidad en niveles excesivos, como existe en Guatemala y otros países de la región, es un fenómeno capaz de generar una respuesta semejante al hábito. El impacto emocional de las noticias que llegan por todos los medios de comunicación se asemeja al golpe de la droga. Es como una inyección de adrenalina capaz de romper el equilibrio de la cotidianidad.

Esto sucede con una pasmosa frecuencia —todos los días y a toda hora— a una población que, además de sentirse amenazada, está consciente de la debilidad del Estado. De ahí su necesidad vital de defenderse neutralizando el impacto. Para ello, lo más efectivo es restarle emoción y arrojar ese fardo indeseable a la zona gris de lo acostumbrado.

Esta es una de las formas más perversas del hábito. Está asociada a la negación y al bloqueo de cualquier forma de responsabilidad personal, semejante al acto de levantar muros para crear la ilusión de un refugio a prueba de agresiones externas, pero en medio de una zona de guerra.

Los efectos de esta patología en una sociedad fragmentada en bloques monolíticos opuestos —entre ellos los ricos muy ricos y los pobres de pobreza extrema, separados por una clase media centrada en su supervivencia— llevan a dejar los espacios públicos disponibles para fuerzas agresoras, es decir, las organizaciones criminales, el sicariato, las redes de trata, las extorsiones, los secuestros y la competencia territorial de las maras.

Esta es mi hipótesis. No encuentro otra explicación posible al escaso efecto que tienen sobre la ciudadanía la violencia, la impunidad, la corrupción o la participación de personajes de elevados círculos de poder en crímenes de alto impacto. Es como si el hábito se hubiera instalado de manera definitiva como la única forma de tolerar un ambiente que, de otro modo, ya hubiera estallado en un frenesí de psicosis colectiva.

¿Será acaso esta apatía un mecanismo —el único posible— de supervivencia? El problema es que ese hábito, como el de las drogas, poco a poco va carcomiendo a las víctimas, las insensibiliza y las vuelve cómplices de sus propios victimarios. Es un juego de resistencia del cual nadie sale indemne. También, como con las drogas, la vuelta a la realidad es larga, dolorosa y requiere de una enorme dosis de compromiso y valor.

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