Opinión

ALEPH

Hambre de construir pueblo

Carolina Escobar Sarti

Carolina Escobar Sarti

Un buen amigo me puso en contacto con un interesante diálogo entre la lúcida politóloga Chantal Mouffe, además esposa de Ernesto Laclau, e Íñigo Errejón, novísimo politólogo y secretario político de Podemos. Introducían ambos su libro Construir pueblo, y se percibe, escuchándolos, que ambos tienen hambre de mundos más justos, donde la fragmentación no sea lo que celebremos.

Comienzan hablando sobre los procesos de cambio político en el mundo, y particularmente en América Latina, ante lo cual anuncian que ya son insuficientes las categorías de análisis político tradicional. Oyéndoles, queda claro que el cambio de paradigmas está aquí. Por ello no extraña que se vislumbren en nuestro horizonte nuevas formas de leer y hacer política. “Grandes palabras como Estado, poder, democracia y soberanía, no son ya conceptos para llenarse la boca, sino que describen cosas que están sucediendo”, dice Errejón. Los procesos latinoamericanos están hablándole a la teoría y práctica políticas del viejo continente.

Hay oportunidades para una nueva voluntad popular, dicen. Hablan del pensamiento de Gramsci, que los más reaccionarios de izquierdas y derechas han cuestionado, y dicen que es fundamental para entender cómo se construye un pegamento social que sea capaz de poner en común un conjunto de colores que los poderosos trabajan permanentemente para dispersar. Y allí cita Íñigo la frase de Poulantzas: que el estado capitalista trabaja para unificar por arriba y dispersar lo de abajo. ¿Cómo se hace, entonces, para construir unidad abajo con lo que los poderes tradicionalmente fragmentan?, se preguntan.

Construir poder político para los poderes subalternos es lo que toca ahora. Yo, desde la filosofía nómada, digo que toca mover de lugar con ética y sentido de pertenencia lo que siempre estuvo en el centro y la periferia, o lo que siempre estuvo arriba y abajo. Hay que figurar desplazamientos permanentes, y relaciones de poder más móviles. No se celebra la fragmentación, no se celebra la dispersión y la unidad termina siendo el imposible al que hay que apuntar, no solo desde una construcción discursiva.

Va quedando, al escucharlos hablar de la experiencia de Grecia, de Brasil, de la fallida socialdemocracia en todo el mundo —con todo y la expectativa que abre la elección de Jeremy Corbyn—, de España y Latinoamérica, la sensación de que están iniciando importantes diálogos entre distintas generaciones de políticos de pensamiento abierto, universal, nuevo, no compartimentalizado.

Ser de izquierdas o de derechas no es repetirlo muchas veces, señalan, sino construir poder político para las expresiones tradicionalmente consideradas como subalternas. Y destierran la palabra “traición”, porque esto entraría en el marco de una dramática política que moraliza los problemas en vez de analizarlos y solucionarlos, donde los buenos siempre “somos” débiles y los malos siempre poderosos. Se plantean —y nos planteamos— como anhelo, que la acumulación de protestas y movilizaciones llegue a impactar nuestros Estados y a alterar significativamente el equilibrio de fuerzas y relaciones de poder que han venido configurándolos. No para que los arriba pasen abajo y los de abajo arriba, sino para que todos vivamos con dignidad.

En una semana habremos pasado del rancio conservadurismo al nacionalismo exacerbado, y lo que seguirá contando somos nosotros, nuestra hambre de ser ciudadanía, pueblo, país, continente, mundo para el cual la dignidad no sea un concepto, sino una forma de vivir.