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17/01/13 - 00:00 Opinión

PERSISTENCIA

Mi inclinación por la antigua Grecia

Siendo yo joven, la Univer-sidad Rafael Landívar inició sus labores en un edificio de la zona 10. Una tarde llegó a visitarme el padre Antonio Gallo, con el fin de ofrecerme dar un curso sobre el mundo heleno, sabiendo de mi inclinación por lo griego. De inmediato acepté dar el curso, lo que me obligó a estudiar metódicamente ese mundo que tanto me atraía. Empecé a releer a Homero; fue entonces que tomé mayor conciencia de que nunca antes, nunca después, en la historia de la civilización, el humano desarrolló una concepción tan elevada del hombre

MARGARITA CARRERA

como lo hiciera el pueblo heleno antes de Sócrates.

He de aclarar que hube de retomar la postura de Federico Nietzsche, en su obra El Nacimiento de la tragedia. Para él, el mundo heleno ha de dividirse en dos etapas: la primera se inicia con Homero y culmina con los trágicos Esquilo, Sófocles y Eurípides y el cómico Aristófanes, los cuales continúan la tradición homérica inmersa dentro del mito o religión helena propiamente dicha.

La segunda se inicia con Sócrates y recoge dentro de sí una nueva sabiduría, esta de índole filosófica y teológica, opuesta a la homérica, iniciándose, así, la postura cristiana.

Noté que la mayoría de los estudiosos de la cultura helena pasan por alto los atrevidos descubrimientos de Nietzsche, quien en un solo libro descubre las verdades helenas, expuestas en su obra El nacimiento de la tragedia.

Escribí, entonces, mi obra Nietzsche y la tragedia, publicada por primera vez en una separata de la revista de la Universidad de San Carlos. Recuerdo que un helenista mexicano que trabajaba en su embajada se entusiasmó con la obra y me invitó a que platicáramos sobre ella. Después vino el silencio total. No les interesaba tal postura, seguramente porque desconocían lo referente al mundo griego e ignoraban totalmente a Nietzsche.

Observo que nadie como este filósofo-poeta alemán ha penetrado tanto en la cultura helena en su libro mencionado. Yo había tratado de leerlo mucho antes, pero me fue imposible entenderlo. Por necesidad hube de ir con un psiquiatra y los descubrimientos que iba haciendo de mí misma me condujeron a la comprensión de Nietzsche. Todo un hallazgo. Fue por eso que nació mi obra Nietzsche y la tragedia, punto de partida para Antropos (la nueva filosofía), finalista en el XI Premio Anagrama de Ensayo, Barcelona, España, 1982.

Lo primero que descubro es la separación de dos palabras que se consideraban unidas en la esencia de la tragedia griega: la razón y la emoción. Nietzsche nota la diferencia. Todo lo contrario, nos dice, cada una se refiere a mundos diferentes que nos conducen a la fuerza de la razón y a la fuerza de la pasión, aunque unidas de manera armónica en la tragedia. Apolo como divinidad ética, exige mesura, es la fuerza ética; la segunda, la fuerza dionisíaca, nos lleva a las zonas del bien y del mal, corresponde a la fuerza de la pasión.

Y el héroe que más contacto tiene con la pasión es Edipo. Cito a Nietzsche: “Edipo, asesino de su padre, Edipo, esposo de su madre, Edipo, el solucionador del enigma de la Esfinge, Edipo, la sabiduría misma al transgredir la naturaleza… La púa de la sabiduría se vuelve contra el sabio…”.

Para el conocimiento de sí mismo, el humano ha de emplear, armónicamente, estos dos elementos: lo ético y lo pasional. Sólo así se comprende el teatro griego. Sólo así se puede comprender uno a sí mismo. Claro que aquí entramos a dos campos esenciales del ser humano. El campo de la ética y el campo de sus emociones. La enseñanza surgida de la tragedia griega es, pues, universal e intemporal. Este último hecho la hace abarcar todo tiempo y lugar.

Si en lugar de rebaños, aptos únicamente para “repetir una y otra vez las mismas cosas”, procuramos y enseñamos al individuo a pensar por sí solo, puede que se prolongue, por un tiempo indefinido, la historia del ser humano.

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