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16/04/13 - 00:00 Opinión

PUNTO DE ENCUENTRO

¿Cuál insulto?

“Tenía 12 años, me llevaron al destacamento con otras mujeres, allí me amarraron los pies y las manos, me pusieron un trapo en la boca y me empezaron a violar, yo ya ni sabía cuántos pasaron… perdí la conciencia y ya la sangre solo corría… luego ya no podía ni levantarme ni orinar…” “Tenía un hijo de 30 días. Cuando regresé a mi casa todo estaba quemado. Quemaron a mi hijo. Era un bebé. Vengo aquí a declarar por la tristeza que me provocaron y vengo por justicia”.

MARIELOS MONZóN

Los testimonios anteriores son apenas una muestra del terror sembrado en el área ixil durante la guerra. Las mujeres que declararon en el primer juicio por genocidio en el país debieron esperar 30 años para que un tribunal escuchara sus testimonios y conociera la verdad. Esas mujeres, al igual que cualquier víctima de violencia, merecen respeto a su dolor y también a su búsqueda de justicia. ¿O es que acaso el sufrimiento de una mujer indígena y su valentía para exigir castigo para sus victimarios vale menos que el de otra guatemalteca de diferente origen étnico? A juzgar por el desprecio de quienes descalifican estos testimonios y se refieren a la violencia sexual como “exceso” y a las mujeres, niñas y niños como “víctimas colaterales” pareciera que sí.

A tal grado llega la esquizofrenia de esta sociedad, que los mismos que piden a gritos la pena de muerte para los extorsionistas y ladrones de celulares disculpan, justifican y llaman héroes a quienes ordenaron, planificaron y ejecutaron el exterminio de comunidades enteras, incluidas criaturas que fueron sacadas con machete del vientre de sus madres y estrelladas contra las piedras. Ahora resulta que es un insulto que se diga que en el país hubo genocidio, pero no lo es que se haya cometido esta barbarie. Les ofende la calificación jurídica, pero no los hechos ocurridos, que francamente son espeluznantes. Hay quienes se han atrevido a calificar el juicio de crimen de lesa humanidad, mientras otros —y otras— que simulan guardar las formas dicen sentir preocupación porque la justicia aniquile la verdad y los sobrevivientes nunca sepan el paradero de sus familiares. ¡Por favor, si después de 30 años —mientras fueron intocables— nunca dijeron el paradero de los desaparecidos, lo van a hacer ahora por arte de magia!

A ver si nos entendemos: la violencia inició desde el poder con los golpes de Estado, los escuadrones de la muerte, las ejecuciones extrajudiciales y los crímenes políticos. La represión tuvo un carácter de clase: el terrorismo de Estado se utilizó para mantener un modelo económico oligárquico a sangre y a fuego, y no fue contra un reducido grupo de guerrilleros, sino contra todo un pueblo; se desapareció, ejecutó y torturó a cientos de miles, y eso es incomparable con cualquier otra forma de violencia.

Que la guerrilla también cometió masacres, pues que los juzguen; lo que no se vale es usar eso de excusa para frenar este juicio que nos enfrenta a la verdadera Guatemala paria, la del Estado que se organizó para aniquilar a su gente. Ojalá la CC no caiga en la trampa del litigio malicioso de la defensa, que hasta ahora ha demostrado que su estrategia es provocar por todos los medios que este juicio se detenga y se anule.

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