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ISIS y el yihadismo

Pedro Trujillo

Pedro Trujillo

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Opinión Terrorismo

Los atentados recientes en París -no únicos en el mundo- suscitan nuevamente la discusión sobre el Estado islámico (ISIS) y el terrorismo islámico radical (yihadista). Entender esos crímenes en Francia, o en cualquier otro país occidental, en clave de confrontación religiosa o de “maltrato/discriminación” a migrantes musulmanes, supone una corta visión del problema, y de la geoestratégia.

Los expertos en terrorismo yihadista coinciden en que tal movimiento tiene tres objetivos: a) Desaparición del estado de Israel, b) Islamización radical del mundo árabe musulmán, y c) Unificación de un nuevo califato que abarque los territorios que en algún momento estuvieron bajo control político del islam.

Esa visión estratégica -que no religiosa- coincide en mucho con la de ciertas potencias de Oriente Medio y su incidencia/importancia internacional. Mientras el terrorismo yihadista (ISIS o Al Qaeda) actúa, Occidente (USA, UE, etc.) “distrae” fuerzas, reduce su protagonismo internacional y se favorecen intereses de terceros. No en vano, naciones como Arabia Saudí, Qatar o Irán promueven liderazgo (Bin Laden) y fondos para que ISIS pueda actuar. La ecuación se completa con el particular rol de Rusia y de China, especialmente de manifiesto en el conflicto de Siria.

Lo anterior se une al apoyo y asesoramiento que prestan esos extremistas a Hamas y Hezbollah, quienes hostigan continuamente a Israel manteniendo un nivel de tensión regional convergente con los intereses estratégicos descritos. En el fondo, es una lucha de poder en la que el terrorismo es brazo ejecutor de los afanes geopolíticos de ciertas naciones, en un contexto de guerra asimétrica (Ver: La guerra periférica y el islam revolucionario).

ISIS es un constructo artificial que promueve el actuar de Estados medievales, dictatoriales y teocráticos anclados en postulados del Antiguo Testamento -mayoría de los árabes- frente a democracias del siglo XXI. Una lucha entre los caros privilegios de señores feudales vestidos con kafiyyeh y thawb, y una ciudadanía activa que pretende sustituir el estatocentrismo por la preeminencia de los derechos individuales. La primavera árabe, un intento de revertir el modelo, cayó en manos de quienes postulaban el extremismo más radical. Los Hermanos musulmanes en Egipto, es ejemplo de ello.

Enfrentar el yihadismo pasa, inexorablemente, por promover valores universales y derechos individuales frente al colectivismo autoritario. El respeto al prójimo es la virtud menos observada por quienes consideran que pueden asesinar a cualquiera por estar en el lugar “equivocado en el momento menos adecuado”, o hacer uso del terror para manipularla desde la política o religión, exactamente lo que impulsan esos movimientos.

Hay que condenar los hechos, perseguir a los culpables y juzgarlos, pero también evidenciar a los Estados que apoyan esas actuaciones y condenarlos con idéntica energía. En América Latina, Chávez fue un claro ejemplo de perniciosas alianzas con Irán, con repercusiones posteriores en Bolivia, Nicaragua y de forma más trágica en Argentina, con el asesinato del fiscal Nisman y la supuesta complicidad del gobierno Kirchner con la inteligencia iraní.

No hay que quedarse en lo superficial. Es preciso denunciar el fondo del problema y actuar contra los grupos terroristas. Ignorar lo que ocurre en Israel y los ataques sistemáticos a su población es tomar partido por el extremismo, propio de autoritarios y dictadores que, por cierto, los hay en todas partes, incluso aquí, escondidos bajo falso pacifismo ideológico.

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