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17/03/13 - 00:00 Opinión

PLUMAS INVITADAS

El jesuita

El papa Francisco considera que la capacidad de comunicarse cambia la vida.

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JORGE CARRO L.*

no conocí personalmente alcardenal Jorge Mario Bergoglio, pero sé de él lo que me han comentado en mis viajes a la patria —Argentina— que comparto con el flamante papa Francisco, al igual que sus pasiones por Borges y Marechal, el tango y el mate, por Buenos Aires y por Juan XXIII, admiración que advertí cuando tuve en mis manos en julio de 2010 El jesuita, las conversaciones que mantuvo con Sergio Rubín y Francesca Ambrogetti —publicadas en marzo de ese año por la editorial Vergara— y que desde entonces vuelvo a releer cuando necesito otra visión sobre muchos de los problemas que me preocupan, como por ejemplo la burocracia de los que pudiendo hacer sencillas las cosas, las complican. Al ser preguntado el cardenal Bergoglio sobre lo difícil que debe ser sustraerse al riesgo de convertirse en un burócrata, respondió: “Pero es clave evitarlo. Poco antes de morir, Juan XXIII mantuvo una larga reunión con Casaroli, y cuando este estaba por retirarse, el Papa le preguntó si seguía visitando a los chicos de la cárcel. “Nunca los deje”, le recomendó. Juan XXIII también era un pastor que salía a la calle. Siendo patriarca de Venecia, solía bajar a las 11 a la Plaza de San Marcos a cumplir con el llamado “rito de la sombra”, que consiste en ponerse a la sombra de un árbol o de un tabique de los bares y tomarse un vasito de vino blanco y conversar unos minutos con los parroquianos. Lo hacía como cualquier veneciano, y después seguía con su trabajo. Eso para mí es un pastor: alguien que sale al encuentro de la gente”. Fin de la cita.

El papa Francisco cree que la capacidad de crear cambia la vida, y da por ejemplo la obra de Di Paola, en una villa porteña del barrio de Barracas.

“A los chicos que se drogaban, el padre Pepe les dio una alternativa: una escuela de artes y oficios... Los pibes salen a los dos años con un título de obrero especializado (...) O sea, se los forma en el esfuerzo. Lo que tiene de bueno el trabajo (...) es que uno ve el resultado y se siente ‘divino’, se siente como Dios, capaz de crear”.

Espero que Francisco construya una cultura del encuentro, que para él “es lo único que hace que la familia y los pueblos vayan adelante”.

Quiero confiar en que le quite a la Iglesia esa pátina que en ocasiones la aparta tanto de Jesús como de la gente como uno.

Para terminar, quiero decir, como el pecador que soy, parafraseando al cardenal Bergoglio, que “la única gloria que tenemos, como subraya San Pablo, es ser pecadores”.

*Escritor argentino residente en Guatemala.
Director de la red de bibliotecas
de la Universidad Rafael Landívar


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