Opinión

PERSISTENCIA

La literatura ciencia-ficción

Margarita Carrera

Margarita Carrera

La literatura “Ciencia-Ficción” es un género narrativo que toma como punto de arranque la multiplicidad y complejidad de otros mundos que nos señalan los descubrimientos científicos.

Puede caer y cae en la puerilidad, en alimento de ínfima calidad, aprovechado por el cine, la televisión y la novelística comercial, de escaso valor artístico.

Pero también, esos mundos extraordinarios que nos ofrece la ciencia, despierta la imaginación de escritores de talento.

Borges, el erudito, nos informa (en prólogo a Bradbury) que ya en el siglo II de nuestra era “Luciano de Samosata compuso una Historia verídica, que encierra, entre otras maravillas una descripción de los selenitas… que hilan y cardan los metales y el vidrio, se quitan y ponen los ojos…”. Más adelante, “…A principios del siglo XVI, Ludovico Ariosto imaginó que un paladín descubre en la Luna todo lo que se pierde en la Tierra, las lágrimas y suspiros de los amantes, el tiempo mal gastado en el juego, los proyectos inútiles y los no saciados anhelos…”. Avanzando más en el tiempo, surge en el siglo XVII Kepler, quien “redactó un Somnium Astronomicum, que finge ser la transcripción de un libro leído en un sueño, cuyas páginas prolijamente revelan la conformación y hábitos de las serpientes de la Luna…”.

Hace, además, Borges otras alusiones a historias de la misma índole, pero concluye que él piensa que el Somnium Astronomicum, de Kepler, es la precursora del nuevo género narrativo “Ciencia-Ficción”, porque para Luciano y para Ariosto, un viaje a la Luna era símbolo de lo imposible; en cambio, para Kepler, ya ello era una posibilidad como para nosotros. Este género surge en Norteamérica, bajo el nombre de “Science-Fiction” o “Scien-tifiction”.

Julio Verne, en el siglo pasado, nos habla de viajes imposibles para su época; pero quien establece los temas en el nuevo género es H. G. Wells, el cual escribe, a fines del siglo pasado y principios del presente, narraciones sobre viajes en el tiempo, visiones en el futuro (Cuando el durmiente despierta), exploración de otros planetas (Los primeros hombres en la Luna), invasión de la Tierra por los extraterrestres (La guerra de los mundos), universos paralelos (Mr. Barnstable con los hombres-dioses).

Borges confiesa: “Hacia 1909 leí, con fascinada angustia, en el crepúsculo de una casa grande que ya no existe, Los primeros hombres de la luna, de Wells. Por virtud de estas Crónicas (las de Bradbury: Crónicas marcianas), de concepción y ejecución muy diversa, me ha sido dado revivir, en los últimos días del otoño de 1945, aquellos deleitables terrores”.

Las palabras empleadas por Borges al referirse a la impresión que le causa “la literatura ciencia-ficción”: “Fascinada angustia”, “deleitables horrores”. No se trata, pues, tan solo del encanto de una ficción científica que toca únicamente el cerebro, incapaz de adquirir calor humano, intimas emociones que abarcan todo nuestro ser. Del cerebro pasa a nuestro corazón, a nuestros nervios, y nos deja en el filo de la angustia y del horror, aunque estos sentimientos sean —en virtud del arte del narrador— fascinantes deleitables. Además, no es la primera vez que un género literario nos hace gozar con el espanto y el dolor.

Así el vértigo, el asombro, la angustia, el terror ante lo insólito posible, es lo que se propone “la literatura Ciencia-Ficción”. Entramos, entonces, en una nueva magia, “la magia paracientífica”, que se puede llamar también “lo real maravilloso científico”. Magia que tiene su base en la polivalencia y complejidad del Universo, dentro del cual la Tierra es uno de los tantos planetas existentes. De ese modo, además de nuestro mundo, hay otros mundos y otros seres simultáneos, análogos o sobrepuestos al nuestro.