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22/12/12 - 00:00 Opinión

PLUMA INVITADA

Las lágrimas de Obama

Hace unos días, cuando se difundió la noticia del asesinato de 20 niños en Newtown, Connecticut, en las imágenes de la televisión difundidas por la cadena CNN, causó gran impacto ver llorar al presidente Obama. Él, el hombre más poderoso de la Tierra, quien gobierna al país económicamente más desarrollado del mundo, el político más influyente, no pudo contener sus emociones y demostró, a través de sus lágrimas, que detrás del hombre político y poderoso hay también un hombre que se duele del dolor de sus semejantes,

ÉDGAR HERNáNDEZ*

especialmente de sus compatriotas y muy especialmente de los niños de su país.

La escena de las lágrimas de Obama me hizo recordar las lágrimas del presidente Clinton. Efectivamente, hace algunos años en este mismo periódico don José de Lima describió la conmovedora escena del presidente Clinton llorando conmovido ante la presencia de la madre Teresa de Calcuta quien reclamaba respeto por la vida de los niños.

Son dos escenarios diferentes pero reflejan la misma emoción de compadecerse de los más necesitados e indefensos del mundo: los niños.

Efectivamente, no son los pobres económicamente, ni los enfermos los que, normalmente, despiertan en lo más hondo del alma humana, los sentimientos de compasión; son los niños. Son los niños porque en ellos se encuentra, sin duda alguna, expresada la inocencia y la indefensión, además de representar el futuro de la humanidad. Todo lo anterior despierta, en cualquier ser humano mental y moralmente normal, esas emociones y sentimientos que tanto el presidente Obama como el expresidente Clinton no ocultaron ante las cámaras y los ojos del mundo.

No obstante lo anterior, convendría que el asesor en temas de bioética del presidente Obama le aclarara y ayudara a comprender que matar niños con un rifle de asalto calibre 223 es lo mismo que matar niños con legras médicas en un hospital o en una clínica; que es lo mismo que matarlos con químicos como mifepristona tomando la famosa píldora del día después; que lo mismo es matarlos realizando procedimientos como la denominada “reducción embrionaria”.

El asesor en bioética del presidente Obama deberá recordarle que en su país se matan más de 4,000 niños estadounidenses diariamente y que el problema y la causa de esas muertes no son las armas de asalto; el problema es creer que la vida de los nasciturus, de los niños que aún no han nacido, no deben conmover o despertar los mismos sentimientos de compasión de los niños que ya van a las escuelas que son, sin duda alguna, sus hermanitos.

Un psiquiatra vienés, sobreviviente de los campos de exterminio nazi, el Dr. Viktor Frankl, explicaba que el genocidio no se organizó en los campos de concentración sino muchos años antes, en las aulas universitarias, cuando se enseñó a los jóvenes que había seres humanos cuya vida no merecía ser respetada.

El presidente Obama, un hombre sensible ante el dolor de la muerte de los niños de Connecticut, debería de llorar todos los días.

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