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22/11/10 - 00:00 Opinión

La mujer como figura política

LA PARTICIPACIÓN DE la mujer en la vida política se remonta a, por lo menos, un par de miles de años. Cleopatra, Elena de Troya, Juana de Arco, Isabel de Castilla, Catalina la Grande, Victoria de Inglaterra, María Antonieta, son solo pocos ejemplos de reinas poderosas, de acciones históricamente muy importantes realizadas desde el trono monárquico.

MARIO ANTONIO SANDOVAL

Se puede agregar también a doña Beatriz de la Cueva, la Sinventura, a las compañeras de los participantes en la Revolución Mexicana. La lista es enorme. Indira Ghandi, de la India; la señora Butto, de Pakistán; Golda Mair, de Israel; Margaret Tatcher, de Inglaterra, demuestran cómo este proceso se presenta tanto en sociedades donde la mujer ha sido relegada o donde es tomada en cuenta.

POR ESO LOS ACTUALES avances en el tema de la participación femenina constituyen una novedad en muchos países, mientras en otros son parte del proceso natural de la sociedad. Puede hablarse de un renacimiento no solo de la actividad de la mujer en todos los órdenes, y entonces la política no puede ser la excepción. Pero la tarea de la mujer tiene un factor innegable: deben ser doblemente buenas en su actividad para ser reconocidas en su verdadera valía. Y además necesitan cumplir con los papeles tradicionales —no por ello vergonzosos ni poco importantes— de madre, esposa, hija, compañera. Estas tareas, muchas veces simultáneas, implican un mayor nivel de sacrificio personal cuando deciden abrazar la actividad política.

OTRO FACTOR ESPECÍFICO es la constante vigilancia de la sociedad en general, incluyendo a las otras mujeres. Se les pide corrección total, y por ello sus errores son utilizados como arma en su contra con un ahínco mayor al empleado en contra de los hombres. Imaginemos por un momento las diferencias de crítica a un hombre dedicado a la política si se va de parranda o si realiza un viaje oficial convertido en un periplo romántico, en comparación con un eventual hecho similar protagonizado por una mujer dedicada a la política. Esto ocurre, a mi juicio, en la totalidad de los países occidentales, aun en aquellos cuya liberalidad les permite tener una actitud complaciente y permisiva respecto de las relaciones de índole extramatrimonial.


CUANDO UNA MUJER se involucra en un proyecto político le será imposible saltar la barrera de la legalidad. Si no cumple con todos los aspectos legales, será señalada con más fuerza o existirá la posibilidad de una percepción de ser así. Por eso es suicida para toda mujer deseosa de involucrarse en la vida política, sobre todo como candidata, entrar en la lucha con el enorme lastre de no cumplir con la ley. Sin embargo, no se debe caer en el error de considerar necesariamente machistas y antifemeninas a la totalidad de las críticas contra la ilegalidad de una aspirante a algún cargo público de elección popular, o de nombramiento. Los cargos públicos, en ese sentido, no tienen género. Se critica al funcionario, no al hombre o mujer desempeñándolo.

LA MEJOR FORMA DE terminar o al menos disminuir esa actitud femenina y masculina contra las mujeres a quienes les interesa la política es fomentar la participación. El trabajo se debe hacer con calidad, no tanto con cantidad. Esta participación debe ser producto del convencimiento, del desarrollo de la sociedad, y no por medio de cuotas obligatorias. Estas se pueden justificar y tal vez hasta son productivas en las sociedades donde el número de mujeres interesadas, con preparación, supera al de los puestos posibles de desempeñar. Mientras no sea así, las cuotas deberán ser llenadas con personas cuyos errores acentuarán las críticas y provocarán retroceso en el interés femenino de participar. Pero, en resumen, la política mejorará mientras más mujeres la practiquen.

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