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Opinión

TIEMPO Y DESTINO

El mundo presencia un sórdido asesinato

El viernes por la noche dediqué varias horas a examinar los despachos de la prensa internacional relacionados con las delegaciones oficiales que asistirían, el sábado, a los actos de transmisión del mando en Guatemala. No encontré los nombres que buscaba. Me interesaba también encontrar indicios de que las autoridades competentes no habían hecho el esfuerzo diplomático necesario para lograr la presencia de representantes de la mayoría de los 192 países integrantes de la Organización de las Naciones Unidas o si habiéndolo hecho, no tuvieron una respuesta favorable.

Luis Morales Chúa

LUIS MORALES CHúA

Nada de eso encontré.

Quería saber, finalmente, si alguna noticia de última hora confirmaba el rumor, propalado insistentemente los últimos días, de que el presidente Álvaro Colom no asistiría a la ceremonia oficial, pues escaparía del país para evitar ser detenido. Nada de eso había.

Pero, hallé algo de distinta naturaleza: la relevancia dada por los medios de comunicación electrónicos al ataque a tiros que terminó con las vidas del diputado electo por Alta Verapaz, Valentín Leal Caal, y su hermano Erick, crimen perpetrado a plena luz del día, a menos de 200 metros del edificio del Ministerio de Gobernación, en el Centro Histórico de la ciudad, sitio que se supone el mejor vigilado de todos.

Un equipo de asesinato, motorizado, integrado por cuatro hombres, dos en cada moto, dio alcance al vehículo del diputado y le disparó. Diecisiete proyectiles penetraron por el lado del piloto, y dos por el del copiloto.

Valentín Leal no es el primer diputado liquidado a balazos públicamente en Guatemala. Casos parecidos han ocurrido anteriormente, como el de los tres parlamentarios salvadoreños, asesinados y después quemados, el 20 de febrero de 2007.

Es necesario mencionar, entre otros, los asesinatos del diputado Carlos Hipólito Miralda Roca, de Alta Verapaz, muerto a tiros en esta capital en septiembre del 2004; del exdiputado Obdulio Solórzano Montepeque; del diputado Mario Rolando Pivaral Montenegro, en el 2006, y el de las dos hijas de la candidata a diputada Olga Lucas, en el 2007.

Han sido tantos los crímenes políticos en este país, que han inspirado artículos y libros aquí y en el extranjero sobre ese tema. El arte del asesinato político, escrito por Goldman, es un ejemplo.

En sus ediciones sabatinas, los principales diarios escritos publican listas de diputados, exdiputados, candidatos a diputados, alcaldes, candidatos a alcaldes y otros políticos muertos a tiros. Son listas en las que faltan muchos nombres.

Y, ¿qué diferencia hay entre la muerte de los hermanos Leal y los otros crímenes citados?

Físicamente ninguna. La muerte es muerte. Lo que hace escandaloso el hecho del viernes pasado es que sucedió a una hora en que comenzaban a llegar a la ciudad las delegaciones oficiales enviadas por gobiernos extranjeros, con motivo del cambio de presidente y vicepresidente de la República, más el añadido de que el diputado estaba por incorporarse a la bancada del partido que gobernará durante cuatro años, a contar de ayer.

La caricatura de Fo publicada ayer en la página 17 de Prensa Libre, lo dice todo. Muestra el asombro que el doble crimen pudo haber causado en los invitados a las ceremonias oficiales, incluido el príncipe de Asturias, Felipe de Borbón.

No se ha determinado si la muerte de los hermanos Leal es producto de rencillas políticas locales. Pero, tampoco las autoridades tienen indicios racionalmente fundados de que el móvil sea ajeno a la política.

De todos modos, el sangriento episodio debe provocar reacciones mundiales, canalizadas en mayores contribuciones al empeño por lograr un mejor nivel de seguridad pública en este país. La Organización de las Naciones Unidas ya ha comenzado a trabajar en la solución del problema. Y no es mucho lo logrado. Lo demás corresponde al Estado guatemalteco, pero la tarea, probado está, es muy superior a sus fuerzas.


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