ECLIPSE

No hay retorno

Ileana Alamilla

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Todos hemos estado a la expectativa de la decisión del Presidente ante la exigencia generalizada de que renuncie a su cargo. El Mandatario está acorralado. Sus cercanos colaboradores ya lo abandonaron, aun cuando desde hace mucho tiempo se rumoreaba de la participación de la hoy ex vicepresidenta en actos de corrupción, hasta ahora decidieron irse.

Otto Pérez debe aceptar su realidad, esa que él construyó, por acciones u omisiones. Hoy está solo, en la adversidad extrema no hay aliados, ni siquiera los de su resquebrajado partido. Sus dos únicas alternativas tendrán la misma consecuencia, si renuncia será detenido y si el antejuicio es declarado con lugar, también. Ya estará lista la solicitud de la orden de captura. La diferencia es de días.

El Presidente perdió legitimidad. Probablemente va a ser extinguida la propiedad de sus bienes. Pero lo más grave es que ya no puede ejercer el gobierno, no tiene quién le crea, quienes votaron por él se sienten defraudados. Hubo algunos logros durante su mandato, que nadie va a reconocer en estas circunstancias, pero en contraste con lo que hizo o dejó de hacer, nos queda debiendo mucho.

Cualquier declaración o aparición en público, si no es para anunciar su renuncia, será rechazada. Todo lo que diga será usado en su contra. Debe entender el clamor popular, el rechazo de miles de ciudadanos. No enfrentó a los que le impusieron su voluntad ni hizo nada para erradicar las corruptelas que le rodeaban, si es que no participó de las mismas.

Dejó pasar la oportunidad de construir, de transformar. No aprovechó la base social que su partido tenía, la fuerza política con la que en el 2012 asumió la Presidencia, se subordinó a intereses que hoy desertaron y, de ajuste, le tocó hacer el saludo uno a banderas extranjeras, distanciándose del nacionalismo que el imaginario castrense construye.

El informe de la Comisión Pesquisidora del Congreso le será adverso. Su alianza con Líder para evitar la votación que lo condene es más que incierta.

No hay retorno, él escribió su historia. Cuando abandone el poder dejará al país en tremenda incertidumbre, con una institucionalidad debilitada y cuestionada, el futuro incierto y las políticas públicas en suspenso.

Logró la unidad de sectores ideológicamente contrarios, de grupos tradicionalmente enfrentados, despertó a la clase media y la sacó de su zona de confort. Consiguió que se recuperara la confianza en la voz del “pueblo”, que se mezclaran las generaciones y los grupos étnicos, que se aceptara, tácitamente, que somos “una Guatemala”, los unificó bajo la consigna de “Renuncia ya” y “No a la Corrupción”, provocó el despertar ciudadano. Derrumbó la apatía.

Por primera vez en muchos años se ha estimulado en la población la capacidad de empoderamiento, de ver, con asomos de optimismo, que las luchas sociales pueden incidir. Sin embargo, no aparece por ningún lado el liderazgo que articule y oriente, el cual tiene que ser político. La diversidad de liderazgos sociales activistas no rebasa la protesta y la expresión de indignación.

Esta realidad se expresa contundentemente en un Congreso atrincherado en su negativa a jugar el papel que le correspondería en las modificaciones propuestas a las leyes. Su motivación es la misma, si modifican el sistema, se van a quedar fuera de él. Nuevas batallas se avecinan. Además de exigir, como corresponde, la aplicación de la justicia y la devolución de lo robado, las luchas sociales deben politizarse al máximo, en el buen sentido del término.

iliaalamilla@gmail.com

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