Opinión

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95 años de un tío-padre-amigo

Mario Antonio Sandoval

Mario Antonio Sandoval

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AYER TUVE LA MUY EMOTIVA experiencia de celebrar una fecha memorable e irrepetible: los 95 años de Julio Sandoval Cámbara, quien a consecuencia de ello se convirtió en el miembro de mi familia con mayor edad. Ya no están con nosotros sus dos hermanas y cuatro hermanos, uno de ellos mi padre, quien se fue cuando le faltaban cuatro meses para cumplir 94. Es entonces un motivo de celebración no solo por ese factor etario, sino porque para regocijo de todos nosotros se encuentra en muy buenas condiciones físicas, pero sobre todo con la misma calidad intelectual heredada de mi abuelo Lisandro y compartida con mi padre. Por eso es un lujo aprender en cada una de las conversaciones, a hijos, sobrinos nietos y bisnietos.

SE TRATA DE ALGUIEN cuya añeja sabiduría podemos comprender mejor conforme ha pasado el tiempo y algunos de nosotros ya hemos cruzado el umbral del abuelato. Esa cualidad se ha manifestado en muchas ocasiones y en numerosos campos, por lo cual en realidad resulta ser un gran maestro, cuyo mensaje ha sido otorgado y recibido de la mejor manera: por medio del ejemplo, de la capacidad de adelantarse a situaciones. Y en este momento de mi vida, me doy cuenta y acepto la trilogía terminológica con la cual le debo identificar: tío, por supuesto, lo cual es insuficiente. Padre, porque me ha calificado de “hijo mayor” desde hace mucho tiempo, y amigo, porque ha sido por mucho tiempo una fuente de consejos y de guías.

ESA TAREA DE ENSEÑANZA comenzó desde cuando todos éramos niños. Lo recuerdo en la mesa de los cumpleaños, solicitándonos dirigir unas palabras al resto para decir algo sobre el cumpleañero. O declararse seguidor de los rojos para así poder dialogar con nosotros y recriminar errores sin duda malintencionados de los árbitros. Como es tradicional en muchos de mi familia, escogió una carrera humanista, en su caso la medicina, y me encantaba escucharlo tocar un enorme bandoneón o saber de su afición por la pintura, una de las cuales no podré tener en casa porque mi primo Víctor, también médico humanista, lo convenció de dárselo. Ya adolescentes y jóvenes adultos, sus criterios políticos ayudaron a nuestra manera de ver la vida.

UNA VIDA ASÍ NO SE puede vivir en solitario: se necesita de una compañera incondicional. La tía Florence dejó su país y vino hace un poco más de 60 años a una tierra e idioma desconocidos. Luego se fueron de la ciudad a una bella granja donde tuvieron la sabiduría de dejar espacio suficiente para las casas de mis primos cuando buscaran a sus acompañantes en la vida. Ejerció con disciplina su apostolado médico en el IGSS y al terminar se quedó en su refugio, viviendo entre la naturaleza. Me agrada ir y compartir con él, como lo hice con mi padre, un traguito de “horchata escocesa amarilla” y comentar, sobre todo, de las viejas historias y anécdotas familiares.

LA MÁS SÓLIDA LECCIÓN fue el ejemplo de estoicismo cuando la parca arrebató a Julio y a Juan Carlos. Mi papá y él son el dúo de personas a quienes más quiero y admiro. Me siento como su hijo mayor —lo saben Adelita, John Arthur, Víctor, Kathy y Kevin. Le agradezco haber mantenido siempre un amor fraternal para mi padre, así como haber tomado en cuenta lo expresado por él en un poema: “ama la vida, hermano, porque la vida es sangre / y la sangre es tesoro que el Hacedor ofrece”… “sigue tu propio curso y haz bien por el bien mismo / sin pensar un momento en recompensa alguna”. En resumen, gracias por haber vivido como ha vivido, porque con su hermano nos enseñó a todos a ver y actuar con rumbo a una luminosa estrella.