Opinión

Ideas

Alimentando el alacrán en la camisa

Jorge Jacobs

Jorge Jacobs

La terrorífica experiencia que vivieron los trabajadores y directivos de Telefónica en los últimos días debiera llevarnos a todos a la reflexión sobre las consecuencias que tienen las decisiones que tomamos y cómo, muchas veces, terminamos nosotros mismos alimentando a los alacranes que luego se tornarán en contra nuestra y nos atacarán. Esto es especialmente cierto en el caso de los extorsionadores, pero aplica para muchas circunstancias de nuestro diario vivir.

Las referencias al alacrán en el imaginario popular de seguro surgieron a raíz de una fábula antigua, en la que un alacrán le pide al sapo que le ayude a cruzar un río, llevándolo en la espalda. El sapo al inicio se resiste, por temor a que el alacrán a medio camino lo vaya a picar, pero este lo convence de que no lo haría porque entonces ambos morirían y que eso sería un suicidio seguro. Ante la aparente lógica de esta argumentación el sapo accede a hacerle el favor al alacrán, pero a mitad del río el alacrán lo ataca. Cuando el sapo le pregunta por qué lo hizo, el alacrán le responde que no lo pudo evitar, que es “su naturaleza”, y ambos terminan en el fondo del río.

Mucho se ha hablado a lo largo de milenios sobre esta fábula, pero tristemente muchísimas personas siguen cometiendo exactamente el mismo error del sapo: alimentan al alacrán que tarde o temprano se volverá en su contra y los atacará.

La “lógica” es siempre la misma: si no accedemos al chantaje nos atacarán, por lo tanto, es mejor alimentarlos para tenerlos contentos y que no nos ataquen. Pero eso siempre es un paliativo temporal porque tarde o temprano el alacrán se tornará en nuestra contra y nos atacará. No lo puede evitar, “así es él”, es “su naturaleza”, como dice la fábula. Hay que entender que con dinero no se puede cambiar la forma de pensar y actuar de las personas, especialmente si con ese dinero se les está incentivando a seguir actuando igual, ya que les da beneficios. Lo único que se logra es darle cada vez más poder al alacrán, que a su vez lo utilizará para exigir cada vez más del chantajeado hasta que llegue el punto en que parará destruyéndolo, aún si en el camino irreflexivamente destruye a su gallinita de los huevos de oro. No lo puede evitar, es “su naturaleza”.

En el caso de las extorsiones de los criminales, si no se para desde el inicio, crecerá y exigirá cada vez más, amén de fomentar que surjan otros que vean lo “rentable” que es el negocio y que también exigirán una tajada. Tarde o temprano, la cuerda se romperá y el extorsionado deberá pagar las consecuencias de su actuar.

Es el problema de actuar pragmáticamente en lugar de por principio: en el corto plazo puede parecer la mejor solución, pero tarde o temprano la realidad nos alcanzará. La consecuencia de haber cedido a pagar extorsiones —como lamentablemente lo han hecho muchas personas y empresas— es que se ha ido fomentando el crecimiento de una hidra de mil cabezas que ahora se ha tornado inmanejable y que se va a volver en contra de quienes la han alimentado y acabará con ellos y con todo el que esté cerca.

Las extorsiones criminales solo son uno de los alacranes que se han fomentado, pero hay otros, entre los que destaca uno que pasa desapercibido: el leviatán, el gobierno, pero en especial muchos grupos que desean utilizar su poder para enseñorearse sobre los demás.

¿Qué hacer? No hay soluciones fáciles, pero creo que quienes han cedido a las extorsiones deben unirse y enfrentar juntos a ese alacrán que han estado alimentando porque la pregunta no es si este los atacará, sino cuándo. El que tenga oídos para oír, que oiga.