Opinión

EDITORIAL

Bufonadas ante el reclamo de rectitud

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Tanto el presidente Jimmy Morales como el alcalde capitalino, Álvaro Arzú, están evidenciando el agotamiento de un sistema que no resiste más abusos. Uno, por su evidente falta de experiencia, y de lo cual se aprovechan mentes perversas, y el otro, porque ante el avance de la justicia ha mostrado una amenazante faceta hasta para la democracia.

En el primer caso, en clara muestra de lo que es estar en las nubes, el pasado miércoles, Morales declaró que así como había dicho el mes anterior que contaba los días para que terminara su período, dando a entender que era un tormento, de la noche a la mañana cambió de parecer y ahora dice alegremente que por los niños y niñas de Guatemala podría sacrificarse por un segundo período, poniéndose de nuevo al borde de la ilegalidad.

En el segundo caso, en un nuevo episodio de bochorno, Arzú lanzó el pasado sábado una diatriba contra empresarios, sociedad civil, autoridades indígenas, periodistas y diplomáticos asistentes al lanzamiento del Frente Ciudadano contra la Corrupción, acusándolos de “canallas y sinvergüenzas”, entre otros insultos, incluso constitutivos de delito.

No es la primera vez, y seguramente tampoco será la última, en que el pintoresco jefe edil hace gala de irrespeto y muestra su conocida intolerancia contra quienes él califica como enemigos de la institucionalidad, de la cual él se ha autonombrado representante, ignorando que él y numerosos políticos, incluido el presidente Morales, están sindicados de varios ilícitos.

Es obvio que para el alcalde el concepto de democracia solo existe en su particular interpretación y que cualquier expresión u opinión en contra de un modelo corrupto que él encabeza y representa como pocos significa estar en contra de la institucionalidad. Una clara muestra de empecinamiento para sostener un modelo cuyos máximos exponentes están hoy a las puertas de enfrentar a la justicia.

Dicho modelo solo ha servido para el saqueo, el enriquecimiento de una clase política corrupta, para la manipulación y la cooptación de las instituciones, de lo cual hay suficientes muestras en el Ejecutivo, en el Legislativo y en el Organismo Judicial, que con indeseable frecuencia demuestran estar al servicio de estructuras mafiosas.

De Arzú no se puede esperar nada menos ni distinto, porque esa ha sido su tónica a lo largo de su presidencia y del prolongado período al frente de la comuna capitalina, lo cual parece haber confundido con una monarquía cuyo poder sin límites nadie puede criticar y por eso muestra extrema sensibilidad a su estilo de gestión, pero sobre todo con facilidad para hacer aflorar su intolerancia ante la más mínima manifestación de disenso.

Tanto Arzú como Morales se han convertido en la mayor estafa de la democracia guatemalteca, por lo que deben dejar de incurrir en tantas muestras de estulticia, intolerancia y abusos de los cargos. Solo a ellos sorprenderá el durísimo tapabocas que les espera a sus agrupaciones en los próximos comicios, lo que —poca duda cabe— causará que sus deterioradas y vetustas maquinarias electorales pasen también a engrosar el nutrido cementerio de pseudopartidos políticos, como registran las últimas tres décadas de la democracia electorera guatemalteca.