Opinión

Pluma invitada

Centroamérica treinta años después

Pablo Rodas Martini

Pablo Rodas Martini

¡Más de 30 años después y nuestra democracia sigue… jodida! Incluso peor, pues hace 30 años salíamos del autoritarismo y teníamos una gran ilusión; ahora ya ni ilusión existe. Cada país ha transitado su propia ruta, pero no como ríos que se arquean en su descenso hacia el destino del mar, sino más bien como hormigas alocadas de un lado al otro, sin rumbo aparente. En Guatemala hemos tenido un autogolpe frustrado, dos presidentes reemplazados y un tercero a punto de serlo, tres presidentes en la cárcel, y mucho más. Después de esas tres décadas, que prácticamente abarcan mi vida adulta, nos encontramos con una ciudadanía harta de sus gobiernos, de sus caudillos, de sus partidos políticos, que no clama por un retorno de los militares, pero que arribó a un callejón sin salida: padecemos una crisis democrática existencial. Demos un repaso país por país.

En Guatemala casi todos los presidentes vivos se han ido o estarían por ir a la cárcel. No hay partidos políticos. Los políticos nuevos que entran al redil cada 4 años no tardan sino meses en aprender las mañas de los más antiguos. Los caudillos se acusan de corruptos y cualquiera que arriba al poder trata de armar su esquema para saquear al erario. La Cicig nos ha mostrado que casi todos tienen cola: unos enorme, otros mediana y unos más, pequeña, pero todos con rabo.

Honduras tiene un sistema político relativamente estable donde predominan los conservadores y dos variantes de liberales, pero es uno de los países con mayor corrupción per cápita del continente —mucho mayor que la existente en Guatemala—. Honduras ha seguido recibiendo cuantiosos niveles de ayuda internacional, dinero que ha enriquecido a caudillos de ambos partidos. Su dilema actual es entre un partido conservador que está hasta el cuello en el pantano de la corrupción vs. una facción liberal que no sería muy diferente de la Venezuela de Maduro.

En Nicaragua el Frente Sandinista controla todos los hilos del poder. Nada se escapa a su control: ejecutivo, legislativo, judicial, contraloría y tribunal electoral. A la oposición política la tienen desperdigada y nulificada, y si amaga con levantar cabeza sacan sus huestes para vapulearla. Para guardar las apariencias permiten que siga La Prensa y algunos medios como Confidencial. Durante la revolución los sandinistas controlaban el poder por las armas, ahora tienen un control similar o hasta mayor, disfrazado de democracia.

El Salvador es un país estancado económica y políticamente. La derecha de Arena era arrogante y se sentía invencible, vendía un país falso, uno que parecía tener gran potencial pero en realidad era un esqueleto casi sin músculos, y ahora la izquierda no logra enderezar al país, agobiada por una lucha eterna contra las maras, y con un modelo político y económico que ya no da de sí, pero que tampoco puede ser reemplazado por algo mejor. Algunos creen que seguirá al modelo venezolano, pero yo más creería que se acercaría al modelo nicaragüense.

En Costa Rica los partidos políticos ciertamente se han desgastado, pero se sigue respetando la democracia plena y no ha llegado a los extremos de corrupción del resto de la región. Sin embargo, la última elección —aún por resolverse— nos muestra otro rostro: un segmento muy conservador, radical, envalentonado con la victoria de Trump en EE. UU. Si esa facción troglodita llegara a ganar —esperemos que no—, tendríamos, al menos por 4 años, una Costa Rica muy diferente a la que hemos conocido desde la mitad del siglo XX.

Treinta, treinta años, y nuestras democracias renquean. ¿Qué va a suceder? Nadie lo sabe. Yo creería que ni vamos a tener un brinco milagroso hacia adelante ni uno desastroso hacia atrás. Me temo que nuestros países, a excepción de Costa Rica, que tarde o temprano volvería a su dinamismo y moderación, seguirán una senda precaria, arrinconados y olvidados en una esquina del planeta.