Opinión

Presto non troppo

Condiciones para una grabación

Paulo Alvarado

Paulo Alvarado

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Durante largo tiempo, el arte de los músicos, y el arte de la música en sí, siempre terminaron convirtiéndose en objeto de especulación. A diferencia de las artes visuales, lo que nos queda de muchísima música de cuantas culturas se han desarrollado a lo ancho del mundo, es nada más un vestigio cerámico, un dibujo, una tradición, un relato o, simplemente, nada. Suposiciones, teorías, reconstrucciones sonoras que no se pueden comprobar y, en el mejor de los casos, crónicas que en gran cantidad de casos no tienen con qué cotejarse para evidenciar su veracidad. He ahí el salto cuántico que proporciona la tecnología del registro fonográfico, muy incipientemente en la segunda mitad del siglo XIX y luego, de forma muy acelerada, a partir del siglo pasado. De la precariedad del magnetófono de alambre y los cilindros de cera (dispositivos que, por cierto, desde un principio permitieron la re-grabación en el mismo soporte), hasta los artilugios digitales más avanzados de la actualidad.

Parecerá increíble que algunas de las primeras grabaciones que se hicieron, lograban registrar los sonidos, pero… no podían reproducirlos a continuación. Era como escribir un libro con tinta invisible. Hoy las condiciones han cambiado notablemente, como lo saben hasta los chicos que graban cualquier sonido con un celular. Pero, además, si se quiere lograr un registro de calidad, tienen que confluir diversas circunstancias. El lugar donde se graba es determinante, para evitar en lo posible la contaminación de sonoridades no deseadas en el registro. Un equipo de grabación de alto nivel depende también de una inversión financiera considerable. Micrófonos especializados, sus respectivos pedestales, consolas, ordenadores con el software de la generación más reciente, audífonos de alta fidelidad, todas las conexiones necesarias, con ingenieros de audio bien entendidos en la materia. E, indiscutiblemente cuando se trata del arte sonoro, buenos instrumentos musicales y, ante todo, buenos ejecutantes, buenos directores, buenos compositores.

La noche del viernes pasado me otorgó atestiguar la reunión de estas condiciones para una grabación que apenas es la punta de lanza de un plan atrevido, valioso y urgentemente necesario para el arte nacional. Es el comienzo de un proyecto de valorización, interpretación y registro fonográfico de música sinfónica guatemalteca. Reunidos en el auditorio del Conservatorio Nacional, a valiente iniciativa del maestro Kenneth Vásquez, con la amable colaboración del maestro Gabriel Yela y de un grupo de músicos, jóvenes en su mayoría, se llevó a cabo la grabación del Poenimio para Violonchelo y Orquesta del maestro Joaquín Orellana (obra que tuve el honor de estrenar hace cinco años, bajo la dirección del compositor en aquel momento, tras una labor de transcripción y digitalización de las partituras que me concedió conocer íntimamente la pieza). Con Kenneth como solista, el maestro Martín Corleto como director, el ingeniero de sonido Gabriel Lepe y su segundo a bordo, Carlos Ariel García, más la presencia del autor, aquello se constituyó, precisamente, en condiciones de excepción para darle el banderazo de salida a esta propuesta que tantas veces hemos conversado con los músicos de visión más avanzada en este país.

Es de felicitar a todos por su resuelta disposición para que esto no se quede en otro acto pre-fundacional más, de ésos que duran unos pocos años o, peor aún, apenas unas cuantas presentaciones. Una orquesta que ofrezca, toque y grabe música académica guatemalteca de los Adelante, Kenneth; adelante, maestros. Estamos a la orden del día para impulsar y sostener esta importante proposición.

presto_non_troppo@yahoo.com