Opinión

Ventana

Contemos las historias antiguas

Rita María Roesch

Rita María Roesch

En el año 900 d. C la ciudad de Tak’alik Ab’aj (TA) fue abandonada por sus habitantes. Antes, y durante 17 siglos, su brillante historia transcurrió de manera ininterrumpida. En sus inicios, 800 años a. C, compartió su visión con la cultura Olmeca. Pero, de acuerdo con los estudiosos, 400 años más tarde se alió con Kaminaljuyú. Esta alianza generó cambios en sus conceptos ideológicos, en su estilo artístico e incluyó la escritura y el uso de cuenta larga que fortalecieron las bases de la cultura maya temprana.

Por su ubicación estratégica en la Costa Sur, TA fue un centro de poder político, social, religioso y económico. Formó parte de una compleja red de comercio que abarcaba desde el Golfo de México hasta el Pacífico en Costa Rica. Los mercaderes viajaban con sus valiosas cargas de sal, jades, diversas clases de resinas, miel, plantas aromáticas, utilizadas para las ceremonias sagradas que formaban parte de sus actividades cotidianas. Este escenario demuestra, “la compleja administración de la economía del mercado de la ritualidad”, comenta la arqueóloga Christa Schieber de Lavarreda. “Requirió de especialistas en todos los campos y funciones, originando una burocracia para implementar un gobierno centralizado”.

El “mercado de la ritualidad” potenció la economía de TA y de decenas de ciudades mayas. La tradición escultórica y de arte lapidario demuestra la presencia de escuelas de artesanos de alta calidad. Tallaban piezas de jade o pirita con una habilidad incomparable. El ajuar del personaje en el Entierro No. 2, que pertenece al Preclásico Medio, ¡constaba de 1,300 cuentas miniatura de jadeíta azul! “El gobernante portaba un extraordinario collar de cuatro hileras de cuentas con un pendiente central de hachuela con cabeza de ave, símbolo real del ajaw, o señor”, narran los arqueólogos.

En uno de los textos que serán publicados el próximo septiembre, en la Revista Galería No. 54 de la Fundación Granai &Townson Continental, dedicada enteramente a TA, Christa refiere que “Pedro de Alvarado, a finales de 1523, en su paso por el Soconusco, cruzó el río Samalá para subir a Quetzaltenango, pero no se percató de la existencia de Tak’alik Ab’aj. Su memoria había quedado silenciada debajo de la exuberante espesura de la vegetación. Fue hasta en el siglo XVIII que algunos viajeros como Gustav Brühl notaron puntas de monumentos que emergían del suelo, todavía erguidos en su altivez y lo que dio origen a su nombre contemporáneo, que dio inicio al capítulo de su historia reciente”.

Ahora está comenzando un nuevo capítulo en la historia de TA. Y es el reto asumido por los arqueólogos para dar a conocer su legado extraordinario en este siglo XXI. Para el maya milenario su vida estaba unida al entorno natural y al cosmos. Desde esa cosmovisión, ajena a Occidente, es que se deriva su intensa ritualidad que pervive hasta hoy. Sin embargo, así como Pedro de Alvarado, muchos chapines no aprecian este tesoro cultural. Es por eso que insisto en la importancia de construir museos en los sitios arqueológicos. Son idóneos para dar a conocer, a todas las audiencias, la vida del maya milenario en su contexto. Los museos de sitio son un tributo al espíritu creativo, a la inteligencia, al coraje de esa comunidad humana que tejió su propia historia desde sus sentimientos más profundos. Además, los museos son agentes dinamizadores de la economía de las zonas donde se encuentran, generan nuevas fuentes de trabajo y reactivan el interés turístico. “¡El parque arqueológico de TA no estará completo sin el museo de El Caracol del Tiempo!”, cantó el Clarinero

clarinerormr@hotmail.com