Opinión

Pluma invitada

Costa Rica, seamos serios

Pablo Rodas Martini

Pablo Rodas Martini

Costa Rica siempre me ha impresionado. Numerosas veces me han criticado por mis comentarios elogiosos pues muchos centroamericanos le tienen prejuicios. Una vez, por ejemplo, dije que Costa Rica tenía la clase media más amplia de Centroamérica, y alguien respondió que la de Guatemala era mayor pues teníamos muchos más habitantes (es obvio que importan  los valores relativos), y como esa, muchas otras críticas. Al aterrizar en Costa Rica  me embarga una gran paz y tranquilidad, algo que ni por asomo experimento en los otros países de la región.

El nuevo presidente, Carlos Alvarado, ha dicho que Costa Rica va a ser el primero del mundo en descarbonizarse: no más gasolina ni diésel. Cuando leí la noticia pensé que era una pifia o una broma, pero no era así. Que lo dijera Noruega, que lidera el mundo en porcentaje de vehículos eléctricos, sería muy diferente, o algún otro país escandinavo, u otro como Suiza o Singapur. En Costa Rica el porcentaje de vehículos eléctricos no llega ni al 1%, y eso sin contar camiones y buses (su transporte urbano, por cierto, es obsoleto, sin un sistema de buses de tránsito rápido), y no se trata solo de cambiar la flota vehicular sino de construir una infraestructura compleja y muy costosa de puntos de recarga para los vehículos eléctricos. Se trata de un desafío de varias décadas. Y eso no es todo: la agricultura y sobre todo en la industria son grandes consumidores de combustibles fósiles. La “promesa” de Alvarado es similar a que el presidente de Guatemala dijera que nuestro equipo de fútbol no solo va a clasificar a la próxima copa mundial del 2022 sino que además la vamos a ganar.

El partido de gobierno presentó un plan durante la campaña, pero Costa Rica no es la excepción latinoamericana en contar con plataformas partidarias superficiales y líricas que hablan de metas y aspiraciones, pero no de políticas específicas y reformas legales precisas. De que eventualmente muchos países, incluyendo Costa Rica, llegarán a la descarbonización completa no me cabe duda, pero a algunos como los escandinavos les tomará veinte años, a otros treinta o cuarenta, y unos más quizás lo logren hacia finales del siglo.

Alvarado se habrá envalentonado en lanzar esa promesa después de que las autoridades le han indicado que la electricidad del país es ya 100% renovable, lo que han presentado a nivel mundial como un gran logro. El problema que hay con esto es que más del 75% de la electricidad de Costa Rica es energía hídrica, mientras que solo el resto es geotérmica y eólica, y algo de biomasa. Hoy en día la energía hídrica ha perdido su atractivo, de hecho, en EE.UU. y Europa hay un movimiento fuerte por eliminar represas. Cuando los expertos hablan ahora de energía renovable que realmente sea limpia, se refieren a eólica y solar, y geotérmica en los países que también disponen de esta.

Las represas provocan una serie de problemas ambientales (dejemos aparte los sociales de desplazamiento de comunidades o de disputas por el uso del agua), los cuales incluyen la generación de gases de efecto invernadero, en particular metano, debido sobre todo a la descomposición de la materia vegetal de la zona que queda inundada; el impacto negativo es en ecosistemas río abajo, ya que se reduce sustancialmente la sedimentación natural arrastrada por los ríos, erosionando así sus lechos y orillas. En otras palabras, renovable no es sinónimo de limpia. (Algo adicional y en lo cual Costa Rica es idéntica al resto de Centroamérica es la severa contaminación de la mayoría de sus ríos).

En resumen, Costa Rica vive con una ficción (el 100% de energía “limpia”), y ahora Alvarado lanza al inicio de su gestión una perorata de lo más absurda.