Opinión

Con otra mirada

De portadas, kioscos y otros adefesios

José María Magaña

José María Magaña

Guatemala no tiene tradición precolombina de elementos urbano-arquitectónicos que enfatizaran el acceso a las ciudades o llamaran la atención de actividades especiales, como no fueran los juegos de pelota, estelas conmemorativas y altares en las plazas.

Las portadas pertenecen a la arquitectura colonial, características de órdenes religiosas, así como de la importancia social, política o económica de una determinada familia en la fachada de su casa. También las hay en fincas, definiendo el inicio del camino de ingreso. Su aspecto es reflejo del uso de elementos arquitectónicos propios de cada período cultural de la herencia hispana, al que siguió el influjo neoclásico.

De la etapa republicana destaca lo observado por los presidentes durante sus viajes a París, la Ciudad Luz, que por entonces marcaba el paso del desarrollo cultural. Fue cuando se crearon los cementerios, en los que destacan sus portadas y altos muros, cuya imagen ahora se replica como símbolo de “status social” en los condominios.

Los kioscos se construyeron en el siglo XIX, en las plazas de las principales ciudades, muchas veces a costa del detrimento o destrucción de las fuentes coloniales. Un caso emblemático es el de la Plaza Mayor de La Antigua Guatemala, sobre la Fuente de Las Sirenas, mandada a hacer por el Ayuntamiento al maestro mayor de arquitectura Diego de Porres, en 1738. Sin ninguna consideración, el todopoderoso Jefe Político mandó desmontar el tazón surtidor y las cuatro sirenas, dejando solamente la pila, sobre la que edificó el kiosco, en el que la banda marcial daba conciertos los jueves por la tarde y domingos.

El entuerto fue enderezado en 1936, cuando se demolió el kiosco, se recuperaron algunos elementos originales de la fuente y se mandó a hacer nuevas sirenas a cargo del maestro Óscar González Goyri.

Otras ciudades no tuvieron la misma suerte, porque han caído en manos de alcaldes poco ilustrados, que ante su incapacidad de planificar obras de importancia para la población, cayeron en la tentación de hacer obra simbólica, sin tener referente cultural alguno. Los casos abundan: el “platillo volador”, en la plaza de Cobán, y el kiosco sobre la fuente colonial de San Francisco El Alto, Totonicapán. El arco triunfal de ingreso a San Miguel Escobar, Sacatepéquez, en donde el alcalde, no satisfecho con lo anterior, remodeló dos pequeños parques que pudieron ser espacios libres en donde estar y que los niños pudieran jugar, transformándolos en monumentos al absurdo, llenos de construcciones inútiles, con las que sin duda ejecutó el pingüe presupuesto de su administración.

Pero quienes se llevan las palmas son los alcaldes de Mixco. El alcalde anterior, en un acto insólito de insensatez, en lo que fue el Mirador del Valle de la Ermita, entre Mixco y San Lucas Sacatepéquez, edificó un adefesio de dos pisos para comedores populares, haciendo desaparecer la espléndida vista que se tenía. El alcalde actual completó la aberración pintando aquel mamotreto de rojo, con dibujos simbólicos de güipiles tradicionales, ajenos a la cultura de esa región, en un abrumador alarde de ignorancia.

Recién la semana pasada, ese mismo alcalde dio inicio a la construcción de un “arco estilo colonial” al ingreso del municipio, que cubrirá el ancho total de la calle. Consta de un arco central para el paso de vehículos y dos laterales para peatones. Habrá que ver si esos ingresos corresponden a una renovación urbana que facilite y asegure el paso de peatones del punto A al punto B, o si solo se trata de una obra absurda, sin oficio ni beneficio para la población.

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