Opinión

La buena noticia

Dios primero, y también César

Mario Alberto Molina

Mario Alberto Molina

El Antiguo Testamento abunda en lenguaje político, porque la salvación que deseó y experimentó el pueblo de Israel era fundamentalmente de tipo político: una tierra buena donde vivir libremente, gobernado por reyes que se guiaban por leyes justas y que actuaban en nombre de Dios para asegurar una vida próspera dentro de fronteras seguras.  La época del rey David quedó fijada en el imaginario judío como el tiempo cuando estas condiciones se dieron.  La imagen de la futura salvación fue siempre una reedición de los tiempos davídicos, con las debidas actualizaciones para acomodarse a las nuevas sensibilidades religiosas.

Jesús no se ajustó del todo a esas expectativas, pero heredó el lenguaje político. Él es el Rey de Israel, el hijo de David con quien llega el Reino de Dios. De hecho, el concepto de “Reino de Dios” es central en su mensaje, pero ese Reino, aunque comienza en el sometimiento de cada discípulo a la voluntad salvadora de Dios, se realiza plenamente en el tiempo de plenitud al concluir el tiempo histórico. Quizá por esa herencia conceptual, el tema de la relación de los cristianos con las realidades políticas en las que viven aparece no pocas veces en el Nuevo Testamento. Uno de los episodios famosos es aquel en el que Jesús fue cuestionado acerca de la obligatoriedad de pagar el impuesto debido al César romano.

No se trata del problema ético que se nos plantea a nosotros de si debemos o no pagar impuestos y cuánto. El drama de la pregunta no se entiende, si no se comprende el horizonte teológico en que se plantea. Si el Emperador Romano reclama para sí el título divino, “divus Augustus”, si el Imperio impone una religión oficial que garantiza su propia estabilidad y la del mismo cosmos, si el Imperio es dueño de vidas y bienes, ¿puede un judío o un cristiano, que aspira a la realización plena del Reino de Dios y se somete a su voluntad pagar tributos al Imperio del César? Si el ordenamiento político reclama para sí un estatuto divino y absoluto sobre las vidas humanas, ¿puede un súbdito del Reino de Dios rendirle tributo pagando sus impuestos?

Cuando Jesús responde a la pregunta, transforma los esquemas. Pide que le muestren la moneda con que se paga el impuesto, hace ver que la moneda lleva acuñada la imagen del César, y sentencia que se le dé lo suyo, pues eso no menoscaba en absoluto la lealtad, el tributo y la obediencia debida a Dios. La política es eso, mera política, asuntos humanos, aunque los hombres que la regentan se endiosen. Dios sigue siendo Dios y su Reino sigue siendo decisivo para el sentido de la vida humana, y a Él se le deben los tributos que le corresponden como a Dios único que hay. Jesús no declara tanto la separación de la Iglesia y el Estado, sino el carácter mundano y secular de la política y la soberanía absoluta de Dios sobre todo.

¿Cuál es, entonces, la relación de los creyentes cristianos con el ordenamiento político en que viven? Puesto que el ordenamiento político está al servicio de las personas, los creyentes deben actuar en el orden político con responsabilidad moral, pues deben dar cuenta a Dios de sus acciones políticas, si fueron ética o inmorales. El ordenamiento político, como realidad humana que es, no se sostiene en sí mismo, sino en las acciones rectas de los ciudadanos y de los gobernantes. Y como estos, cuando son creyentes, están sometidos en conciencia a Dios, a través de esa conciencia, el ordenamiento político encuentra su sustento final en el mismo Dios. La fe cristiana tiene una contribución que hacer para el recto funcionamiento del orden político: dar sentido y fundamento al orden moral esencial para que funcione.

mariomolinapalma@gmail.com