Opinión

Pluma invitada

Discípulo y misionero de Jesús

Pluma invitada

Pluma invitada

Desde la madrugada del sábado 24 de febrero, Guatemala está de luto por el fallecimiento de Mons. Óscar Julio Vian Morales, sdb, Arzobispo de Santiago de Guatemala.  Desde esa misma mañana, al celebrar la Santa Misa, quise unirme a las oraciones en sufragio por  su alma, que estaba seguro se elevarían a Dios desde tantísimos hogares de nuestro país, con la convicción de que Dios Nuestro Señor, en su Misericordia, acogería el alma de Mons. Vian como premio a su entrega abierta y generosa hasta el último día de su vida.    Tuve la dicha de conocer a Mons. Vian en el año 2002, cuando era Vicario Apostólico del Petén.  Desde entonces fui testigo de su amor al Papa y su constante dedicación a los demás, tanto durante el tiempo que estuvo en Petén como luego, en sus años como Arzobispo en Los Altos y en Guatemala.  Podría citar muchos ejemplos de esa generosidad, pero no quiero dejar de mencionar  —por lo que sorprendía—  su permanente preocupación por los sacerdotes que tenía confiados, para cuya atención y cuidado siempre sacaba tiempo, así como su empeño por llegar a todos los fieles ahí donde estuvieran, en especial a los más necesitados.

En lo particular le agradezco el aprecio que siempre mostró hacia la Prelatura del Opus Dei y su carisma, así como hacia los apostolados que promueve. Siempre que tuvo ocasión de estar en alguna labor apostólica promovida por fieles del Opus Dei y otras personas alentó a sus promotores —con el permanente optimismo y empuje que le caracterizaba— a mantener el empeño evangelizador, promoviendo la llamada universal a la santidad en medio del mundo.

Recuerdo también su alegría al participar en la ceremonia de canonización de san Josemaría Escrivá, en octubre de 2002, en Roma, y en la beatificación de Álvaro del Portillo, en septiembre de 2014m, en Madrid, España. Siempre le agradecí su disponibilidad para presidir anualmente la misa en la fiesta de san Josemaría, tanto sus años como Arzobispo de Los Altos como en esta Arquidiócesis.

Hace pocos días tuve ocasión de visitarle en el hospital y conversar con él unos breves momentos. Me quedó muy marcado en el corazón que, a la clara conciencia sobre la gravedad de su enfermedad, unía el abandono a la Voluntad de Dios y la confianza en el recurso a la oración; tengo la seguridad de que Él —en su Omnipotencia— tendrá ahora muy en cuenta tantas peticiones que se elevaron pidiendo por su salud, y derramará sus bendiciones de paz y justicia sobre nuestro pueblo, ahora además por la intercesión de un hijo y pastor de la Iglesia de Guatemala, que hasta su último día hizo vida su lema episcopal: “Discípulo y misionero de Jesús”.