Opinión

Economía para todos

Discrecionalidad del corrupto

José Molina Calderón

José Molina Calderón

Con motivo del bicentenario de la Independencia de Guatemala 1821-2021, se examina la experiencia de la transparencia en la  lucha contra la corrupción.

La Lección Inaugural 2018 en la Universidad del Istmo de Guatemala, por la Dra. Reyes Calderón Cuadrado, lleva por título La Experiencia de la Transparencia. El Rol de las Empresas y la Industria en la Lucha contra la Corrupción. Seguidamente un extracto de la misma.

La corrupción salta de un homo oeconomicus posicionado en un lugar preferente del funcionariado, de la política o de la empresa, cuyo trabajo le otorga un alto margen de discrecionalidad y una cierta opacidad. Ese individuo, a la hora de asignar recursos de valor económico, no emplea el criterio del servicio público o de bien común, cuanto uno privado: evalúa las rentas obtenidas con su mal uso en comparación con el riesgo de ser detectado o penado, riesgo que va desde la imposición de sanciones y penas económicas o de cárcel hasta el deshonor público.

El problema de la corrupción es que, si bien esos elementos actúan simultáneamente, cada uno, por separado, presenta una lógica diferente. Los científicos podemos describir muchas de las relaciones causales primarias que giran alrededor del fenómeno, por ejemplo, podemos calcular qué renta deberían tener los funcionarios para reducir la probabilidad de que se corrompieran o estimar qué tipo de penas debería recoger la ley para disuadirlos, pero seguiríamos lejos de entender su naturaleza, su funcionamiento y su dinámica y, por tanto, muy lejos del diseño de políticas eficientes.

Todos conocemos algún caso de un político con buena cuenta bancaria que se ha corrompido por una cantidad marginal porque estimaba que tenía todo muy atado y nunca le pillarían. Buena prueba de que no estamos ante el resultado de una simple agregación de circunstancias adversas que puedan ser combatidas una a una es que existen aplastantes evidencias de que la corrupción florece en dictaduras, pero sobrevive en democracias; se desarrolla en mercados imperfectos pero goza también de buena salud en la policromada competencia; que Occidente, con funcionarios relativamente bien pagados y sistemas legales eficientes, comparte con el mundo no desarrollado casos como Enron y su largo rosario de réplicas. Italia coincide en nivel de corrupción con Kuwait y Costa Rica; Reino Unido y Canadá le sacan en muchas ocasiones los colores a Estados Unidos de América, Chile supera por la escuadra en transparencia a España, aunque posee todavía escalofriantes índices de pobreza extrema.

Contamos en muchos países, incluyendo el suyo y el mío, con algunos servidores públicos que asignan, incluso en régimen de monopolio, bienes valiosos sin control ni trasparencia efectivos; algunos particulares/empresas dispuestos a saltarse las normas entregando maletines en gasolineras, aeropuertos o fundaciones pensando que nadie los recriminará; algunos políticos que por lucrarse o por temor al efecto búmeran, miran para otro lado; agentes policiales escasos de recursos frente a redes tupidas; jueces que no dan abasto y no siempre comprenden los entresijos del fenómeno. Y un Gobierno intentando poner orden.

Como señalaba el papa Francisco en una de sus catequesis, “La corrupción es algo que se nos mete adentro; es como el azúcar, es dulce, nos gusta, es fácil, y después terminamos mal. De tanta azúcar fácil terminamos diabéticos o nuestro país termina diabético. Cada vez que aceptamos una coima y la metemos en el bolsillo, destruimos nuestro corazón, destruimos nuestra personalidad y destruimos nuestra patria. Por favor, no le tomen el gusto a ese ‘azúcar’ que se llama corrupción”.