Opinión

EDITORIAL

Dos proyectos dejan huellas muy diferentes

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Cuando recién llegó a Guatemala en representación del Gobierno de Estados Unidos, el embajador Luis Arreaga comentó que se le daba mucha importancia a la incidencia que esa sede diplomática pueda tener sobre el acontecer nacional, lo cual debe ser visto como una muestra de modestia porque ser el representante de la primera potencia del mundo no se puede tomar a la ligera, mucho menos un país con las características y posición geoestratégica del nuestro.

Un primer parámetro que permite reforzar esa apreciación es simplemente atender la agenda, reflejada en los tuits, del recorrido que ha tenido el nuevo embajador desde su llegada a Guatemala el pasado 3 de octubre. Ha tenido una intensa agenda de reuniones con representantes de los tres poderes del Estado, y ha sido muy plural en atender muchos otros sectores, lo que le ha dado una perspectiva que pocas personas tienen de lo que acontece aquí.

Al hacer el mismo ejercicio con el actuar del presidente Jimmy Morales se nota un contraste en las agendas y en esta última se observa otro tipo de preocupaciones y actores, lo que explica su constante y evidente deterioro. El mandatario empezó por reunirse con un grupo de ganaderos deseosos de impulsar iniciativas redentoras en su propio beneficio, con el resultado de duras críticas de diversos sectores, incluidos funcionarios de alta relevancia.

Esa búsqueda de apoyos indefendibles produjo también la equivocada idea de querer expulsar a quien vino al país debido a un acuerdo de hace varios años para luchar contra la corrupción. En ese momento comenzaron las críticas internas de los analistas y comentaristas, sobre todo en la prensa independiente. Lo mismo ocurrió, casi de inmediato, con la representante estadounidense en la ONU, Nikky Haley, quien acaba de estar en el país, pero además hubo críticas de un representativo número de diplomáticos, congresistas estadounidenses y los guatemaltecos satisfechos con el trabajo de la Cicig y del Ministerio Público bajo la conducción de Thelma Aldana.

Los principales asesores del mandatario han sido pésimos y lo han llevado por mal camino. Se incurrió en episodios ridículos, como pretender que oenegeros vinculados con el arzuismo intentaran montar un simulacro de diálogo con la intención de empantanar cualquier discusión sobre la seria encrucijada en la que se encuentra el país.

A eso se debe que haya surgido un grupo sumamente representativo, variado y con suficiente credibilidad para impulsar la búsqueda de soluciones a numerosos problemas que tienen en peligrosa parálisis al país. Esa instancia parece ser la mejor opción para desenmarañar una madeja, antes de que se enreden más las cosas y también para iniciar una ruta de propuestas que dinamicen la economía y saquen a las autoridades de su anomia.

El presidente Morales tiene, de nuevo, la oportunidad de sumarse a esos esfuerzos, pero es indispensable que esté convencido, porque el primer paso que debe dar es separarse de quienes lo tienen embelesado en un proyecto de alto riesgo para él porque se tiene la impresión de que quienes lo rodean solo se han dedicado a cavar una profunda fosa.