Opinión

a contraluz

El arte del nacimiento

Haroldo Shetemul

Haroldo Shetemul

Archivado en:

Navidad 2016

El arte de la elaboración de nacimientos o belenes tuvo su mayor esplendor en el siglo XIX, cuando formaba parte de las actividades navideñas de la elite guatemalteca. El estadounidense John L. Stephens (2008) relata cómo en 1839 estuvo en una tertulia en la víspera de Navidad, en la residencia del señor Zebadous, exministro en Inglaterra, quien estaba acompañado de Mr. Chatfield, cónsul general británico. Describe el nacimiento que habían elaborado en la sala, decorado con ramas de pino y ciprés, con pájaros posados sobre ellas. “Espejos, papel de lija y con figuras de hombres y animales representando una escena rural, con una enramada y una muñeca de cera en una cuna; en resumen: la gruta de Belén y el Niño Salvador”, refiere. Según Stephens, en cada casa de Guatemala había un nacimiento y los propietarios abrían de par en par las puertas para que cualquier persona entrara, sin ser invitados, a ver la monumental obra.

Los antecedentes de esta celebración navideña se encuentran en las crónicas del inglés Tomás Gage (1950), las cuales informan sobre sus recorridos por México y Guatemala entre 1625 y 1637, y que fueron publicadas por primera vez en 1648. Las vivencias de Gage se ubican en el ámbito indígena, debido a que por su carácter de dominico estaba más relacionado con los pueblos originarios. Este cronista señala que los indios celebraban con mucha devoción la “noche buena”, como ya definía la Navidad. Afirma que se elaboraba un “Bethlehem” —en referencia a Belén, donde nació Jesús—, que se ubicaba en un rincón de la iglesia y consistía en una cabaña pequeña cubierta de paja, en forma de establo, la cual tenía en la parte superior una estrella con una cola muy larga que llegaba hasta donde estaban los tres magos de Oriente. Este belén formaba parte de las actividades que hacían los curas para atraer a los indígenas a la iglesia.

Según Gage, en el establo colocaban un pesebre con un niño de madera pintado de dorado, que representaba a Jesús recién nacido, y a sus lados ponían imágenes de la virgen María y San José, además de un asno y un buey. A esa escena se llevaba a tres personas que representaban a los tres reyes magos que ofrecían oro, mirra e incienso. Alrededor colocaban ángeles con velos, laúdes y arpas en las manos. Los indios acudían a ver la representación y a ofrecer regalos como cabritos, corderos, leche, queso y frutas. De esta manera también la iglesia lograba recoger aportes de los indígenas. “Mas como no hay un indio en todo el pueblo que deje de venir a ver esta representación, tampoco hay ninguno que no lleve presentes ya sea en plata o en cualquier cosa”, señala.

En los días previos a la natividad, el centro de atención del pueblo era ese Bethlehem. En la víspera de la Navidad se escenificaba una danza de pastores que llegaban a media noche a bailar frente al pesebre donde los integrantes ofrecían una oveja. Pero los curas también lograron sacar dividendos de estas festividades porque después de la Navidad organizaron procesiones que salían todos los días hasta el 6 de enero, Día de Reyes. Con ese fin sacaban en andas las imágenes para conseguir que los indios dieran ofrendas en plata u otros aportes, según el número de santos que había en la iglesia; por ejemplo, un día, cinco; otro, ocho; otro, diez. Y como señal de sumisión de las autoridades a la iglesia, el Día de Reyes los alcaldes y los oficiales de justicia debían rendir homenaje y llevar ofrendas al Niño Dios, como en su momento lo habían hecho los reyes magos y los indios.

@hshetemul