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El ejemplo del norte

Jorge Jacobs

Jorge Jacobs

Estados Unidos arrancó este año con un sistema fiscal completamente cambiado. Las repercusiones que estos cambios van a tener todavía son materia de especulación, pero lo concreto es que el panorama ha cambiado para las empresas y las inversiones y quienes no se adapten terminarán pagando las consecuencias. ¿Será que con estos cambios entenderemos hacia dónde se está moviendo el mundo y haremos algo al respecto o seguiremos montados en el macho anticuado de que lo que hay que hacer es subir los impuestos y clavar más a las empresas?

Los cambios realizados fueron muy grandes. El impuesto sobre la renta corporativo se redujo del 35% al 21%, o lo que es lo mismo, se redujo una cuarenta por ciento. Este solo cambio es suficiente para pasar a Estados Unidos de ser uno de los países con la tasa más alta del mundo a ser uno muy competitivo. Para su referencia, la tasa promedio de los países de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (Ocde), las 35 economías más grandes del mundo, es de 24.18%, y el promedio mundial es de 22.96%. En comparación, en Guatemala la tasa es del 25% y algunos insensatos todavía se atreven a decir que está muy baja.

Pero los cambios no pararon allí. Finalmente se pasaron a un sistema territorial —como funciona en casi todo el mundo—, en donde las empresas tienen que pagar impuestos solo sobre las utilidades que generan en el país y no sobre las que generan en todo el mundo. A ello hay que añadir que también bajaron al 15.5% la tasa que tienen que pagar sobre las utilidades anteriores que las empresas tienen parqueadas fuera del país, precisamente por los impuestos. Según algunos estimados, las empresas estadounidenses podrían tener hasta tres billones (millones de millones) estacionados fuera y un buen porcentaje de esas utilidades llegarían ahora a la economía. Solo por poner un ejemplo, se cree que Apple tiene más de 250 mil millones de dólares parqueados fuera de Estados Unidos y que podría repatriarlos este año, debido al cambio. De allí han surgido las especulaciones sobre qué haría con tanto dinero, entre lo que algunos han aventurado que podría comprar Netflix. El efecto que tendrá en la economía el ingreso de ese dinero es impredecible. Lo que sí puedo asegurar es que mucho de ese dinero parará en nuevas inversiones y desarrollo de nuevas tecnologías, lo que redundará en más desarrollo, no solo en ese país, sino en todo el mundo. Nuevamente, aquí todavía hay algunos retrógrados que se atreven a decir que deberíamos pasarnos del sistema territorial a uno global. ¿En qué mundo viven?

Y por si eso no fuera suficiente, hicieron otro cambio aparentemente banal pero que será un gran catalizador del desarrollo: las inversiones se podrán deducir en el período en que se hagan. En pocas palabras, acabaron con la depreciación fiscal. Si invierten en una máquina que va a durar 10 años, antes tendrían que deducir su costo a lo largo de los 10 años de vida útil, ahora lo podrán hacer el mismo año que lo invirtieron. Al tomar en conjunto estos tres cambios, podemos ver el interés que hay de incentivar las inversiones y podemos prever que las mismas se dispararán en los próximos meses y años. Como corolario, todos los demás países —nosotros incluidos— tendrán que competir más por las inversiones.

Mientras tanto, aquí los fabricantes de miseria siguen haciéndole la guerra a las inversiones, la falta de certeza jurídica ahuyenta a las pocas que quedan y cumplir con la absurda legislación fiscal cada vez se vuelve más caro y complicado. No nos debe extrañar que las perspectivas económicas para los guatemaltecos cada vez sean peores. ¿Realmente será tan difícil de entender?