Opinión

Ventana

El elefante encadenado

Rita María Roesch

Rita María Roesch

Dejemos de promover confrontaciones entre nosotros. Es fundamental buscar puntos de mediación para sacar adelante a Guatemala. Para evitar que se alejen inversiones extranjeras. Para que la niñez y la juventud sean atendidas. Somos un país con mucho potencial. Urge unir esfuerzos  para continuar la lucha en contra de la corrupción y para  construir la Guatemala que queremos.  “No podemos entregarle el país  a las mafias”, cantó  el Clarinero.  Creo que la historia  de Jorge Bucay, titulada   El elefante encadenado,  puede servirnos de guía. Dice así:

“Cuando yo era pequeño me encantaban los circos. Me llamaba especialmente la atención el elefante. Durante la función, la enorme bestia hacía gala de un peso, un tamaño y una fuerza descomunales... Pero después de su actuación y hasta poco antes de volver al escenario, el elefante siempre permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo con una cadena que aprisionaba una de sus patas. Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en el suelo. Y, aunque la cadena era gruesa y poderosa, me parecía obvio que un animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su fuerza, podría liberarse con facilidad de la estaca y huir. El misterio sigue pareciéndome evidente. ¿Qué lo sujeta entonces? ¿Por qué no huye? Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los mayores. Pregunté entonces a un maestro, un padre o un tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado. Hice entonces la pregunta obvia: “Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan?”. No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo, olvidé el misterio del elefante y la estaca”.

“Hace algunos años descubrí que alguien había sido lo suficientemente sabio para encontrar la respuesta: El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy pequeño. Cerré los ojos e imaginé al indefenso elefante recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que, en aquel momento, el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y, a pesar de sus esfuerzos, no lo consiguió, porque aquella estaca era demasiado dura para él. Imaginé que se dormía agotado y que al día siguiente lo volvía a intentar, y al otro día, y al otro... Hasta que un día terrible para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino. Ese elefante enorme y poderoso que vemos en el circo no escapa porque, pobre, cree que no puede. Tiene grabado el recuerdo de la impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese recuerdo. Jamás intentó volver a poner a prueba su fuerza... Todos somos un poco como el elefante del circo: vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad. Vivimos pensando que -no podemos- hacer cosas, simplemente porque una vez, cuando éramos pequeños, lo intentamos y no lo logramos. Hicimos entonces lo mismo que el elefante, y grabamos en nuestra memoria este mensaje: -No puedo, no puedo y nunca podré-.”

Reflexión: ¿Podemos comparar a Guatemala con ese elefante encadenado? ¿Cuáles son esas pequeñas estacas que nos amarran? Cuando veo a Jimmy Morales, que no sabe a dónde va, y cuando escucho el discurso de Álvaro Arzú incitando a la violencia, son evidentes dos estacas: la falta de amor al país y la intolerancia.

clarinerormr@hotmail.com