Opinión

Catalejo

El explicable pavor a la vigía periodística

Mario Antonio Sandoval

Mario Antonio Sandoval

En un país como Guatemala, donde hoy en día las instituciones formales del poder democrático se encuentran cooptadas, acorraladas, a los sectores sociales no estatales les toca ejercer una tarea no sólo de mayor importancia sino percibida así por la población. La lucha de quienes se han aprovechado para su beneficio personal de la política y de los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, debe entonces dirigirse a controlar o mediatizar los llamados tanques de pensamiento, las entidades de investigación y de análisis, pero especialmente la prensa de noticias y de opiniones. El trabajo periodístico tiene, para terror de los politiqueros y sus secuaces, el elemento fundamental de la cercanía en el tiempo, así como la credibilidad de la población.

Otra característica es el elemento de un cierto balance, aun en el caso de las columnas utilizadas para defender determinadas posiciones. La necesidad de señalar estos criterios en un espacio reducido escrito o televisado, lleva a un mensaje muy directo. Pero quienes caen en el error de ser simplistas en sus planteamientos, pronto hacen perder en el lector o la audiencia el interés por conocer esos trabajos. Se tiende a caer en la repetición y esto en demasiadas ocasiones provoca una letanía causante de aburrimiento y de falta de sorpresa en el recipiendario de los mensajes. Pero cuando hay hechos cotidianos y novedosos, el interés se mantiene y el efecto se multiplica. Secretos políticos actuales o añejos salen a la luz con rapidez y contundencia.

Las secciones editoriales y las columnas de opinión tienen en Guatemala y en todo el mundo la característica de presentar puntos de vista distintos, a veces dentro de un mismo marco de pensamiento político y/o económico. Esto último provoca la creación de trabajos serenos en sus planteamientos, y también aquellos con emocionalidad. Cuando comienza un proceso de descubrimiento de acciones inmorales e ilegales protagonizadas por los politiqueros y sus secuaces en los otros segmentos sociales, se explica el pavor, es decir miedo intenso e incontrolable, por el cual la reacción tiende a ser apresurada y tonta. Quienes temen ser despojados de su careta no meditan las consecuencias de sus respuestas, ni de las acciones para protegerse.

Dinosaurios políticos es una expresión correcta para declarar a estos politiqueros. Tantos años de actuar con impunidad y protagonizar el pillaje los hizo perder la guardia y actuar con descaro total y presentar explicaciones absurdas y cínicas. Los dos últimos ejemplos más notorios son a) presionar y lograr así la presidencia del Congreso a un hijo, sin meditar en el riesgo político y personal para el muchacho. b) Negar la responsabilidad personal y culpar a la SAAS por la compra de anteojos de Q29 mil y de whisky de Q3 mil la botella, con la increíble afirmación de “no tengo por qué pagar esos gastos con mi dinero”. A eso se agrega la falta de acción para no pagar el contrato de Odebrecht por una carretera pagada y no construida, pero sí llena de mordidas.

Los ciudadanos se enteran de esas acciones gracias a los trabajos periodísticos. Hoy les es imposible a los corruptos evitar el conocimiento público de sus fechorías, pues los actuales medios de comunicación de las redes sociales —nefastas muchas veces— indudablemente tienen importancia para impedir o al menos disminuir no solo la corrupción, sino el temor de los corruptos potenciales o los acostumbrados a la impunidad. Es innegable: en el país de la eterna corrupción, comienza a verse la luz. Falta mucho, pero son los primeros pasos. Guatemala, como Inglaterra antes de la batalla de Trafalgar, solo pide a cada uno cumplir con su deber personal en esa lucha por que cese la corrupción, aunque haya estado presente en la Historia humana.