Opinión

Sin fronteras

El futuro del deportado

Pedro Pablo Solares

Pedro Pablo Solares

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Deportaciones

Cuando lo visité, el ambiente en la sala de su vivienda era de paz y armonía. Una cierta aceptación, marcada por un optimismo inexplicable. No es que estuvieran resignados, más bien esperaban un futuro ya admitido. ¿Cómo lograr ese ánimo? me pregunté… después de lo vivido. Sus experiencias quebrarían al más robusto de quienes conozco. En realidad, no puedo pensar más que la vida, en su desigualdad, da destrezas particulares a cada uno. Hay quien no encuentra tiempo para el lamento, a pesar de sus circunstancias.

Conocí a Mateo en enero de 2016, en la Sala del Migrante de la Fuerza Aérea. Fue el día en que vinieron deportados cinco grupos familiares, en una operación que semanas antes había sido anunciada por el Washington Post. Las familias vinieron en el avión que, entre cadenas y candados, diariamente nos devuelve a los paisanos deportados. Lo vi sentado a Mateo, mientras esperaba nervioso la llegada de su esposa y cinco hijos. Dos días antes, una patada en la puerta, había terminado el sueño americano de su familia.

“Pues yo veía que los niños que vivían allá comían bien ¿sabes? comían bien; había alimento, así, bueno, sobre la mesa, en el desayuno. Eso lo quiere uno para sus hijos”. En 2014, Mateo y familia cruzaron la frontera de Texas buscando quedarse de una vez por todas en el Norte, donde él acostumbraba viajar por temporadas. Al ser capturados, solo a Mateo lo enviaron de regreso a Guatemala, mientras al resto se le dejó en libertad temporal. Al recordar por qué emprendió el viaje, Mateo no deja de lamentarse del futuro que quería para sus hijos. “Lo que más quería”, me dijo, “es que los niños comieran bonito. Ahora aquí de regreso, tú sabes, no es lo mismo”.

Deportados todos, y a empezar de nuevo desde cero. El cambio de vida es inevitable tras la repatriación. Pero las circunstancias de las que cada uno parte, dependerán de sus propias condiciones. Mateo vive en una casa de mampostería construida por su padre, con el dinero que trabajó en Los Ángeles durante los años ochenta. Su construcción estable es símbolo de la sólida educación y cultura impregnada en una familia afortunada. Ellos bajan diariamente la montaña a Soloma, capital comercial del mundo q’anjob’al, y trabajan en la ciudad que crece a fuerza del dinero de las remesas y las transacciones del lugar. Pero a pocos kilómetros, los valles y montañas están cundidos de aldeas y caseríos, donde la ausencia del Estado es total, y en donde la emigración es considerada como sinónimo de esperanza. Quince kilómetros al norte, por ejemplo, está Santa Eulalia, que Prensa Libre describió esta semana como el lugar con más riesgo de muerte para mujeres durante el parto. “El peor municipio del país, para ser madre”, reportó.

Después de varias semanas de atención a los cambios por las nuevas políticas migratorias en la región, el país ha regresado a la costumbre de atender el hoy, el ahora, el aquí, y lo que se mira. Y evidentemente lo que sucede en los pueblos estadounidenses no es lo que se mira, sino hasta cuando uno visita la Avenida Hincapié. Allí, diariamente, en silencio y casi de corrida, cientos de personas son llevadas a La Terminal para que monten un bus que las dejará tiradas en Los Encuentros, donde nadie más las ve.

¿A dónde llegarán? Uno se cuestiona. ¿Qué harán luego? ¿Tendrán, como Mateo, recursos para iniciar de nuevo? O no tendrán más que emigrar a la marginalidad urbana. ¿Vendrán con ira y frustración? Me pregunto ¿qué sería del país sin la nobleza de su cultura milenaria, o sin la resignación de quien está acostumbrado a no tener nada?

ppsolares@gmail.com