Opinión

EDITORIAL

El gigantesco reto de los colombianos

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El documento que pone fin a más de 50 años de guerra interna en Colombia, firmado ayer en La Habana, Cuba, por el presidente Juan Manuel Santos y el representante de las Fuerzas Amadas Revolucionarias de Colombia (FARC), Timoleón Jiménez, Timochenko, no solamente termina con un conflicto que asoló a ese país y lo llenó de sangre y de dolor, sino significa el inicio de un gigantesco reto para todos los colombianos: aceptar lo que esto significa, con la necesidad del perdón, sin lo cual ese acto carece de sentido y de efectos prácticos.

Como es explicable y comprensible, desde ya han comenzado a manifestarse variadas dudas acerca de la validez de muchas de las circunstancias en que se estampó esa firma, entre ellas el lugar donde ocurrió, las concesiones que ello significa, y así un largo etcétera que incluye las intenciones de la guerrilla más antigua de América Latina para cumplir con la entrega de la totalidad de las armas, por mencionar algunas de las más relevantes.

Si bien aún quedan otros grupos irregulares colombianos, hay motivos para confiar que existen bases para la efectiva llegada de la paz a todo ese territorio. Pero lo más importante se refiere a que se pueda hacer realidad el elemento básico del fin de esta guerra interna, esto es el convencimiento de que la vía de las armas no es la forma para establecer cambios sociales y políticos, y que estos deben llegar por medio de la integración a la lucha política, que en las democracias se debe manifestar en última instancia en las urnas y sin ningún tipo de violencia.

Los dirigentes guerrilleros tienen ahora un reto igualmente gigantesco: convencer a los ciudadanos colombianos de que con los votos hagan realidad las propuestas de quienes se han mantenido por tanto tiempo en la clandestinidad y que han basado su fuerza en la sangrienta lógica de la ley de la guerra irregular, cuya principal característica es no tener que obedecer normas que sí se les pueden exigir a las fuerzas armadas. Esto es de fundamental importancia para que luego no se pueda abrir juicio por atrocidades solo a quienes participaron en las filas de las fuerzas regulares.

El papel principal lo tienen los hombres y mujeres de Colombia. Luego de medio siglo de guerra, es imposible encontrar a nadie cuya vida personal no haya sido afectada de manera directa o indirecta, ya sea en un tiempo muy lejano o cercano, sin importar si es habitante de las grandes ciudades o de las poblaciones medianas o pequeñas. Los jóvenes colombianos tienen también la tarea de tratar de comprender cuando los adultos manifiesten frustración porque la paz haya sido firmada en condiciones que no consideren las mejores.

A los guatemaltecos, que ahora vemos las consecuencias de no habernos preparado realmente para la paz firme y duradera, debe alegrarnos lo ocurrido ayer, ya que va en beneficio de Colombia. Pero también hacer votos porque ese gran país hermano no fracase en la tarea de entender que el sacrificio de tantos colombianos será inútil en la medida en que no se luche de manera convencida para obtener el máximo beneficio de que se apague el fragor de las armas.