ENCRUCIJADA

El inexcusable rumbo rural de Guatemala

Juan Alberto Fuentes Knight

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A veces creemos que Guatemala navega sin rumbo. Pero hay ámbitos donde ese rumbo sí existe, como ocurre con el desarrollo rural. Identifiquemos las principales tendencias. Ha habido una transformación estructural importante de la economía guatemalteca, como en otros países de América Latina. Se refleja en la reducción de la importancia del sector agropecuario en la economía nacional. Los ingresos y el empleo que genera ya no son tan importantes como hace quince años. El comercio y los servicios, cada uno por su cuenta, generan una proporción similar de ingresos y de empleo. A su vez, la productividad del sector agropecuario ha aumentado, debido a la expansión de la exportación de bienes como la palma africana, el hule, el azúcar y el café, a lo cual hay que agregar exportaciones no tradicionales que van desde el brócoli hasta la arveja china.

Pero estas exportaciones no tradicionales ahora enfrentan crecientes dificultades debido a que la relación entre el quetzal y el dólar está dañando su capacidad de competir: un quetzal fuerte, que se acerca cada vez más a 7 quetzales por dólar, encarece las exportaciones. Países como México y Perú están desplazando las exportaciones agropecuarias no tradicionales del mercado norteamericano y los países africanos son una creciente amenaza en el mercado europeo.

Además, poder obtener más dólares por el mismo valor de quetzales permite comprar más importaciones. El resultado es que miles de campesinos y pequeños productores de maíz, frijol y otros alimentos ven su producción amenazada por importaciones cada vez más baratas, que los desplaza del mercado nacional. En cambio, con la palma africana, el azúcar y el café, su escala les permite márgenes de ganancia mayores y las relaciones con sus clientes tienden a ser duraderas. Esto les da mayor capacidad para enfrentar los problemas que surgen de obtener menos quetzales por cada dólar exportado.

De manera que el rumbo actual de la economía guatemalteca no está favoreciendo una creciente diversificación de nuestra economía sino todo lo contrario: está consolidando la dependencia de un puñado de exportaciones tradicionales que en el caso del azúcar y de la palma africana está en manos de pocos dueños. Esto es parte de lo que explica que esta transformación estructural del espacio rural sea excluyente. La pobreza y la pobreza extrema en el espacio rural han aumentado, a diferencia del resto de América Latina.

Existe evidencia de una creciente proletarización en el agro guatemalteco: hay más empleados privados y mucho más jornaleros, por un lado, y menos empleadores y trabajadores por cuenta propia por otro. Ello no sería negativo si las condiciones laborales hubieran mejorado, pero sucede lo contrario. El precio de la canasta básica de alimentos, y de la canasta vital, ha aumentado mucho más que los salarios mínimos, que de todos modos no se respetan. La gran mayoría de trabajadores del campo no tienen contratos, no tienen seguridad social y tampoco tienen seguro de salud privado. Sus condiciones se han deteriorado, con un alto número de personas que se limitan a producir maíz y frijol en lotes muy pequeños sin mayores perspectivas de superación. Otros han tenido que migrar hacia las ciudades intermedias, y se han ocupado en el comercio informal, con ingresos incluso menores a los que obtenían previamente en la agricultura. Son parte de una tendencia que parece imparable.

Así que tenemos una transformación estructural rural importante pero excluyente. Ese es el rumbo rural que se observa actualmente. El Estado no tiene actualmente la capacidad de cambiarlo ni la habilidad de aliarse con otros actores sociales para lograrlo. El rumbo rural está claro, pero el desafío es cambiarlo.

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