Opinión

La buena noticia

El Mesías

Mario Alberto Molina

Mario Alberto Molina

En estos días repasaba los textos bíblicos que se leen en la Iglesia en esta época, con el fin de preparar las homilías que pronunciaré en las celebraciones de la Navidad.  Nuevamente me impactaba constatar de qué manera el lenguaje político de la esperanza mesiánica judía ofreció el repertorio conceptual que sirvió a los cristianos para entender el acontecimiento salvífico realizado por Jesús.  La filosofía política salida del Renacimiento y la Ilustración de tal manera distanció la política de la ética y de la Iglesia, que nos resulta extraño constatar que en la Biblia, religión y política tienen una relación amigable.  La separación reconoció la autonomía y libertad de ambos campos, en detrimento de la política, que degeneró en gestión de poder en vez de ser servicio a la persona y a la sociedad según criterios de la ética política cristiana, heredera de la filosofía política de Platón y de Aristóteles.

Veamos cómo el lenguaje político acoge e ilumina el nacimiento de Jesús. Cuando el ángel Gabriel anuncia a la virgen María que será madre del Hijo de Dios, le explica que ese Hijo será heredero del “trono de David, su padre”. En los tronos se sientan reyes. Los hijos de David y herederos de su trono, antes del exilio, llevaban el título de “mesías”. La palabra significa “ungido”, pues el ritual de acceso al trono en Jerusalén se realizaba mediante la unción con aceite de oliva en la cabeza real. Pensemos en la importancia del título “mesías”, que en griego se tradujo por “christós”, y aplicado a Jesús se convirtió en nombre propio, Cristo. El ángel también le explica a María que ese Hijo que va a engendrar ejercerá la autoridad. “Reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reinado no tendrá fin”. ¿Un reinado sin fin? ¿No se llama eso tiranía y dictadura? Bueno, tomado a la letra, sí. Pero el lenguaje del ángel, aunque es de naturaleza política, alude a una realidad que va más allá de la política.

Cuando los babilonios se apoderaron de Jerusalén a principios del siglo VI a.C., la dinastía davídica acabó. Ya no hubo más hijos de David que se sentaran en el trono de Jerusalén. Desde esa época en adelante, Judá perdió su independencia y fue gobernada sucesivamente por babilonios, persas, griegos y romanos. Esto fue un problema teológico de primera magnitud. Dios había prometido a David una dinastía sin fin, y en cada sucesión al trono se repetían los oráculos según los cuales la casa y el reino de David permanecerían ante Dios para siempre. ¿Mintió Dios? ¿Se equivocó Dios en su promesa? Eso no podía ser. Los teólogos de la época releyeron los textos en clave de una nueva esperanza. Aunque la vigencia política de esa dinastía había terminado, Dios sabría suscitar un hijo de David, que daría cumplimiento a la promesa antigua de un modo inimaginable y portentoso. Esa esperanza mesiánica estaba muy vigente en los tiempos en que Jesús nació y fue la matriz que ofreció los conceptos bíblicos para entender a Jesús y su obra.

Pero uno se pregunta: si todo un sistema conceptual político sirvió para comprender un acontecimiento religioso y teológico como fue Jesús, ¿no será que la religión y la ética con fundamento religioso tienen una contribución que hacer a una política que se ha convertido en desfachatez corrupta, lucha de poder, montaje al servicio de intereses personales y sectoriales? ¿Puede la política sostenerse sin el fuste de la ética, y puede un sistema ético funcionar sin la motivación religiosa? Es posible que el Mesías, el hijo de David, tenga todavía algo que decirnos en ese campo, y que la Navidad sea algo más serio que la ocasión para una taza de ponche y un tamal. ¡Santa Navidad!

mariomolinapalma@gmail.com