Opinión

Mirador

El ocaso del rey sol

Pedro Trujillo

Pedro Trujillo

La sustentada acusación al señor Arzú por la justicia nacional evidencia nuevamente el sistema cooptado por políticos mañosos. Se comenzó por Vivar, se siguió con Medrano y ahora el capitalino, aunque queda espacio para otros que se las llevan de inmaculados y hasta organizan eventos de apoyo.

La reacción del alcalde Arzú fue patética, deleznable y desbordante de ese rancio autoritarismo que destila habitualmente. Se apersonó en la sala de conferencias del MP para “tomar la palabra”, olvidando que meses atrás la justicia, a la que huía, se la dio por largos meses sin que le diera la gana hacer uso de ella. Nada como ajustar el termómetro temperamental al nivel que uno quiere, y justificarlo.

Sus empleados —obligados a reírle las gracias— lo acuerparon en la Muni cantando el himno nacional para dejar sentada la frase de Johnson: “El patriotismo es el último refugio del canalla”, y delinear los principios de lucha sobre la base de que “somos nacionales y queremos soberanía e independencia”. ¡Claro!, para delinquir o impedir que se investigue.

Don Álvaro contribuyó al golpe de Estado que dice querer evitar al desdeñar la justicia y asumir que de lo que se le señala, financiamiento electoral ilícito y peculado por sustracción, “está justificado”, porque él lo hizo. Teniendo en cuenta que Arzú se cree en la posesión de la verdad absoluta y de la autoridad divina, es evidente que lleva razón en sus oníricos sueños. Cierto entorno nacional: narcos, crimen organizado, políticos corruptos, alcaldes de la misma calaña y vividores del cuento y de las redes, alaban la testosterona del don y acuden a las “neuronas testiculares” para acuerpar tan insigne forma de pensar. ¡Normal en un país en el que se lee poco y se opina mucho!

La justicia —soberana y nacional— muestra sobradas evidencias de delitos cometidos por Arzú y él, tan patriotero y nacionalista, no está dispuesto a que se cuestione “lo que hizo y volvería a hacer”, que es como justificó su acción en las plazas fantasmas, sin aclarar que el dinero que gastó no es suyo, sino nuestro. Nada como una cita bíblica diaria, darse golpes de pecho o mostrar ficticia compasión, mientras con la otra mano —la que no se entera de lo que hace la primera— promueve costumbres propias de absolutismos de antaño. ¡Simpático el alcalde!, pero escasa su capacidad de reflexión.

Aquí no hay persecución selectiva —más allá de que se “selecciona” a posibles criminales— ni injerencia extranjera o gansadas similares. Ocurre que se revela con toda crudeza cómo se han estado haciendo las cosas por años y además de dar asco, resulta que está castigado en el Código Penal. Don Álvaro, que presume de ser bachiller, parece que nunca tomó clases sobre independencia de poderes, estado de Derecho o democracia, a pesar de ser ya mayor y haberle dado tiempo. Se le olvida igualmente que la ciudadanía, a quien se debe, lo puede declarar “no grato” a él, y eso de “me han votado” no es un cheque en blanco en democracia.

Ha sido señalado de serios delitos y debe explicaciones y dejar que la justicia investigue. No manche el himno nacional refugiándose en él, no desdeñe a quienes hacen su trabajo y descubren sus trampas, no utilice a funcionarios municipales para que le acuerpen. Vaya asimilando que debe someterse a la justicia y no se deslumbre usted mismo con esa imagen de rey sol, porque a lo único que llega es a príncipe de la tinieblas.

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