Opinión

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El tren que no va a ninguna parte

Carolina Escobar Sarti

Carolina Escobar Sarti

El actual ministro de Finanzas, Julio Héctor Estrada, fue anteriormente y desde su creación, director ejecutivo de la Agencia de Alianzas Público-Privadas (Anadie). Anadie, que desde el 2010 ha obtenido del Estado más de Q35 millones que ha gastado en salarios y planificaciones sin resultados, tiene ahora un portafolio importante de proyectos; el más avanzado y más controversial de ellos es el Centro Administrativo del Estado (CAE). De realizarse, el CAE sería un conjunto de cuatro monumentales edificios, en donde estarían concentradas la gran mayoría de oficinas del Estado.

Hasta aquí todo parece traducir, por un lado, una intención de ordenamiento y ahorro para el Estado; pero por el otro, un posible conflicto de interés y los tradicionales abusos y amancebamientos entre lo público y lo privado —ya vimos como funcionó la alianza público-privada con el caso del Transurbano durante los gobiernos de Berger, Colom, y Pérez Molina—. Incluso se ha hablado de un hermano del presidente Jimmy Morales, involucrado en esta licitación. Pero no hay que prestar oídos a las malas lenguas. El hecho es que no es poca cosa la construcción del CAE, con todo y sus oficinas, estacionamientos, estaciones de transporte urbano y áreas comerciales relacionadas. La inversión sería de unos US$180 millones, pero le garantizaría al contratista tener, por entre 20 y 25 años un solo inquilino: el Estado. O sea que el Estado aportaría un área de 88,195 metros cuadrados para todo el complejo, y además pagaría el arrendamiento de los edificios por más de dos décadas. Negociazo. Que los más listos aplaudan.

Sin embargo, hay otros detalles fundamentales que considerar: 1.) Quieren construir el CAE en los actuales terrenos de la FEGUA y la antigua estación central del ferrocarril (18 calle entre 9ª y 10ª avenidas de las zona 1), hasta la actual Plaza Barrios. Esta área es el único Patrimonio Cultural Industrial de Guatemala y, por lo tanto, Patrimonio Cultural de la Nación. Si hay CAE, 80% de ese patrimonio sería demolido. Romanticismos aparte (que los tengo), esto me lleva al punto 2.) Si se llega a finalizar el proyecto, la zona concentrará diariamente a más de 12 mil funcionarios y alrededor de 4 mil 500 vehículos. Sería una zona colapsada, según los criterios de técnicos y expertos en esta materia. Incluso los arquitectos de la institución internacional que vela por el patrimonio histórico, Docomomo (Documentación y Conservación de Monumentos del Movimiento Moderno) ya han dado sus razones por las cuales el CAE supone un riesgo para el Centro Cívico de la zona 1.

Precisamente, hay una propuesta lanzada hace un par de años, para impulsar un Plan de Gestión del Centro Cívico, con el fin de promoverlo para que sea incluido en la lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO. Su valor artístico, histórico, cultural y arquitectónico, es innegable. Allí están los murales de González Goyri y Mérida. Allí la huella de Efraín Recinos. Ya sé, esto no da dinero a las empresas licitantes. Pero puedo imaginarme en lugar del CAE un centro cultural inmenso con gente recorriendo plazas y parques peatonales, galerías de arte, teatros, exposiciones permanentes, lugares de encuentro, áreas verdes, y más. Si sumáramos esa iniciativa a la que ahora crece en el Centro Cultural Miguel Ángel Asturias para el mediano y largo plazo, estaríamos haciendo cambios profundos en lo que algún día fue considerado el corazón de la ciudad. Aún más, estaríamos haciendo cambios en los imaginarios ciudadanos y sociales.

Mi madre y mi padre viajaron en tren. Seguro salían de esa estación del ferrocarril. Decían que lo mejor era ver por la ventana. Yo, cuando veo las máquinas antiguas allí alrededor de la Plaza Barrios, pienso que deberían de abrirse cada día más ventanas en Guatemala, para que de vez en cuando, todos pudieran sentirse humanos.