Opinión

¿Empresarios o especuladores?

El pasado 27 de mayo, el Papa Francisco pronunció un discurso en una fábrica siderúrgica en tierras genovesas, ante empresarios y miles de obreros. Ahí recordó dos cosas fundamentales. La primera, muy personal, acerca de su origen migrante, pues su padre alguna vez salió del puerto de Génova hacia Argentina. La segunda, sobre el trabajo y los empresarios.

Jonathan Menkos Zeissig jmenkos@gmail.com
Jonathan Menkos Zeissig jmenkos@gmail.com

El pasado 27 de mayo, el Papa Francisco pronunció un discurso en una fábrica siderúrgica en tierras genovesas, ante empresarios y miles de obreros. Ahí recordó dos cosas fundamentales. La primera, muy personal, acerca de su origen migrante, pues su padre alguna vez salió del puerto de Génova hacia Argentina. La segunda, sobre el trabajo y los empresarios.

En cuanto al trabajo, señaló que el mismo es como un alumbramiento, por los dolores y cansancio y por la posterior alegría de generar algo colectivamente. Trajo a colación que al trabajar nuestros principales rasgos de humanidad florecen, por lo que en el centro del pacto social se encuentra el trabajo. Si no hay trabajo, si el pacto social falla, entonces la democracia está en crisis.

El Papa Francisco hizo la distinción entre lo que es un empresario y un especulador: «el verdadero empresario conoce a sus trabajadores, porque trabaja junto a ellos, trabaja con ellos. No olvidemos que el empresario debe ser antes que nada un trabajador. […] el especulador es una figura semejante a la que Jesús en el Evangelio llama “mercenario”, para contraponerlo al Buen Pastor. El especulador no ama a su empresa, no ama a los trabajadores, sino que ve a la empresa y los trabajadores sólo como medios para obtener provecho».

¿Ha notado usted cómo se comportan los empresarios y los especuladores en Guatemala? Los primeros trabajan en empresas que están cerca de la gente; se preocupan por lo que sucede en su comunidad y se inquietan casi por las mismas cosas que el resto de nosotros: por la falta de seguridad y educación, lo mal que anda el empleo, la informalidad, y lo que significa, para la sociedad y su negocio particular, el que los salarios sean tan bajos. Hablan sobre lo terrible de la corrupción y lo fatal que están las carreteras. Una inquietud particular de estos empresarios es la limitación para acceder a crédito que les permita ampliar su empresa.

Por su parte, los especuladores intentan hacer que la economía no tenga rostro humano y gire en torno a la inversión. Impulsan la rebaja de salarios y evitan pagar la seguridad social. Influyen en las instituciones públicas para tener licencias legales, pero ilegitimas. Financian diputados en el Congreso, mayordomos que firman contratos opacos para hacer lobby en Estados Unidos, o abanderan iniciativas de ley para más privilegios fiscales. Los especuladores también tienen comentaristas en un sinfín de medios vendiéndonos la idea de la libertad, señalando que hablar de desigualdad es querer ser Venezuela y que la existencia de lo público es malo para los ciudadanos, mientras ellos se hacen ricos cooptándolo.

En el momento actual, la cúpula que dirige el Comité Coordinador de Asociaciones Agrícolas, Comerciales, Industriales y Financieras (Cacif) debe preguntarse si desea ser recordada como un grupo de empresarios honestos, que comprendió su papel ante el clamor social, o como una camarilla más de especuladores. Demostrar que son empresarios requiere que comprendan y actúen para solucionar los problemas de un pueblo que les ha enriquecido con su trabajo y consumiendo sus productos. Los empresarios deben comprometerse socialmente con la transformación del Estado guatemalteco. Esto significa, un pacto social y fiscal para blindar la institucionalidad pública frente a la cooptación, y devolver su rol protagónico para aumentar la protección social y potenciar el trabajo y desarrollo de todos. De nada sirve hoy un nuevo eslogan, “soy correcto, no corrupto”, que suena tan vacío y demagógico como “ni corrupto, ni ladrón”.