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En defensa de su libertad de elegir

Jorge Jacobs

Jorge Jacobs

Mi artículo de la semana pasada suscitó tantos comentarios que considero importante profundizar en el tema. El fondo de mi argumento es que vamos perdiendo nuestra libertad poco a poco cuando dejamos que los politiqueros se inmiscuyan en nuestra vida hasta el grado de decirnos qué podemos y qué no podemos hacer. No sé usted, pero yo valoro lo suficiente mi libertad como para resistirme a cualquier intento por reducirla.

Lo importante no es si los politiqueros le quieren dictar lo que puede o no decir, lo que puede o no hacer, lo que puede o no comer, prohibirle lo que es “malo” para su salud u obligarlo a consumir lo que es “bueno” para su salud. Lo importante y discutible es que quieran utilizar el poder público para hacerlo. Y lo preocupante es que no solo lo puedan hacer, sino que además muchas personas crean que es “recomendable” que lo hagan. ¿Tan poco valoran su libertad? Ese es el fondo detrás de leyes como la de alimentación escolar y la propuesta para ponerle impuestos a las bebidas azucaradas.

Ahora veamos los argumentos utilizados para apoyar esa intromisión de los politiqueros y burócratas en su vida. El primer argumento que sale a colación es la salud. ¿Es deseable que todo el mundo viva una vida sana? Sí. ¿Es recomendable entonces que los politiqueros quieran por medio de leyes obligarlo a uno a vivir de la manera en que ellos o cualquier otro —científicos, nutricionistas, filósofos, antropólogos, científicos sociales, etc.— creen que es mejor que usted viva? ¡Un rotundo no!

Una cosa es que una conducta sea deseable y otra muy distinta es querer utilizar el poder público para imponerla. ¿Estaría usted de acuerdo, por ejemplo, en una ley que obligue a todas las personas a realizar ejercicios una hora al día? ¿O en una que indique que si se pasa de cierto parámetro de obesidad sea llevado a prisión, en donde deberá hacer dieta y ejercicios todo el día hasta que llegue a su peso ideal? ¿Por qué no? ¿No sería bueno para su salud? O mejor aún, si hay tantos productos que son “dañinos” para su salud, ¿por qué no mejor de una vez se prohíben y de esa manera —según quienes apoyan estas medidas intervencionistas— se resuelven por decreto todos los problemas de la humanidad? Aunque parezcan medidas extremas, es a lo que se puede llegar si no se detiene desde el principio esa idea de que los politiqueros deben dictarnos lo que debemos hacer para nuestro bien.

Ese es el argumento de fondo, pero hay otros, como por ejemplo: “Las bebidas carbonatadas son dañinas”. En exceso probablemente sí, como casi cualquier otro producto, por eso lo que debe buscarse es una alimentación balanceada, pero nuevamente, eso debe ser decisión y responsabilidad de cada persona, no una imposición de los politiqueros. Por cierto, la propuesta presentada no se refiere a las bebidas carbonatadas, sino a todas las bebidas azucaradas.

Luego está el peor argumento de todos: “En otras partes ya lo están haciendo”. Que en otras partes los ciudadanos acepten que les reduzcan la libertad no es justificación para que nosotros también nos dobleguemos ante los politiqueros.

Si tanto les preocupa a las personas la salud de los demás, deberían utilizar sus recursos —no los de los tributarios— en educar a las personas acerca de cómo llevar vidas balanceadas. En todo caso, lo que sí considero conveniente es que los productos que se venden al público sean etiquetados indicando su contenido para que las personas puedan tomar una decisión informada de cuáles cosas consumir. Pero de eso a imponerle qué deben consumir, hay un mundo de diferencia, un mundo en el que yo no quiero vivir. ¿Y usted?

Fb/jjliber