Opinión

Tiempo y destino

Esquela por la muerte de Virginia Alvarado Monzón

Luis Morales Chúa

Luis Morales Chúa

Falleció el viernes, dos de febrero,  después de una prolongada enfermedad que, en  la fase final, la mantuvo en cama durante varios meses y   siempre, mientras pudo hablar, clamaba por su madre,  María  Josefa Monzón de la Roca, el más grande de sus amores,

Virginia provenía de una familia que tuvo entre sus miembros a notables figuras públicas. Ella, sin embargo, nunca participó en política; su vocación desde niña era dar clases, ser maestra y, cuando apenas tenía cinco años de edad, reunía en su casa de la séptima calle, entre segunda y tercera avenidas de la zona uno, a niñas del vecindario que eran más o menos de la misma edad que ella, las colocaba en pequeñas sillas que le había comprado su madre, y les daba lecciones. Era entonces el animado y alegre juego de la escuela.

Años después obtuvo el título de maestra de educación primaria; luego en la Universidad de San Carlos se graduó de licenciada en pedagogía y ciencias de la educación y en la Universidad Rafael Landívar (URL) se hizo profesora de enseñanza media.

Estaba en lo suyo, en lo que quería ser desde su más temprana edad, y comenzó a impartir sucesivamente, mediante nombramientos oficiales, clases en escuelas públicas de Huehuetenango, San Juan Sacatepéquez, la capital y en la extensión académica de la URL en Cuilapa. Su vocación estaba probada. Sin lugar a dudas era toda una gran maestra.

Cinco años antes del terremoto de 1976 compró un pequeño colegio privado que solo funcionaba durante el día y organizó en esas aulas un centro nocturno de alfabetización dedicado a trabajadoras domésticas, las que recibieron educación totalmente gratuita. Y sostuvo ese proyecto cultural sin ayuda alguna de las autoridades.

Por su labor docente recibió varias distinciones y menciono una. El 11 de mayo de 2000, el Banco Industrial, a propuesta de la Asociación de Exalumnas del Instituto Normal para Señoritas Centroamérica, le rindió un homenaje, consistente en izar la bandera patria como parte del programa cívico de ese banco, dedicado a exaltar los valores nacionales.

El acierto de su vida profesional tenía como antecedente su sobresaliente calidad estudiantil. Fue presidenta de la Asociación de Alumnas del INCA, coordinó durante varios años el periódico impreso Vanguardia Estudiantil. Más tarde, como catedrática en el Instituto Experimental Enrique Gómez Carrillo, dirigió la revista Senderos, y en reconocimiento, las autoridades dieron al salón de actos del nombre de Virginia.

Se jubiló después de tres décadas de continua docencia y escribió, como despedida de su magisterio, un artículo en este diario. Sorpresivamente a sus 70 años de edad fue invitada a impartir un curso de unas horas en un prestigioso colegio privado, en Vista Hermosa, en un acercamiento del profesorado con familiares de los alumnos. Y aceptó gustosa, porque conservaba sin mengua alguna el espíritu de la educadora eterna.

Y no hace mucho tiempo principió a escribir un segundo libro, que dejó inconcluso, en el que principiaba narrando los días felices de su niñez, en una hermosa finca situada en Chimaltenango, propiedad de su madre. Esa finca, en tiempos de crisis económica, fue vendida a un precio bajísimo, y así los tiempos de la vida campestre terminaron.

Lo que sí fue conservado es un panteón familiar en el Cementerio General, donde yacen los restos de algunos de sus antepasados, entre ellos los de su amada madre. Y es en ese lugar donde el sábado pasado enterramos a Virginia. Ahora están juntas para siempre.