Opinión

Mirador

Ética y legalidad

Pedro Trujillo

Pedro Trujillo

Razones como: “ya devolvió el dinero” y por tanto no hay motivo para seguir con el tema, “es mejor olvidarlo” o “pasemos página”, escuchadas en relación con los Q50 mil mensuales extras que el presidente de la República estuvo recibiendo del Ministerio de la Defensa Nacional, denotan la gravísima y preocupante indolencia moral nacional. Al igual que en otras cosas, consentimos y permitimos —está en el ambiente— que ciertas reglas pueden vulnerarse un poquito. Algunos que así piensan, enarbolan el optimismo enfermizo tradicional y agregan que lo importante es seguir construyendo el futuro, empujar el país y seguir para adelante, y enjabonan su conciencia con el olvido. Desconozco cuántos admitirían que un empleado le pusiese a uno mismo un complemento salarial o que habiendo recibido dinero de forma incorrecta —aunque lo devolviese— le respetaría su puesto de trabajo, pero intuyo las respuestas.

Con parsimonia y justificaciones diversas, elevamos diariamente el nivel de tolerancia moral. Se comienza con eludir las filas porque llevamos prisa, se sigue haciendo el triple carril porque todos lo hacen, se continúa aceptando o pagando mordidas porque así ha sido siempre, nos pasamos la luz roja de los semáforos por “seguridad” y, finalmente, aceptamos que “nuestros amigos” o simpatizantes puedan robar, extorsionar, engañar o corromper, porque ¿quién no lo ha hecho alguna vez?, además, ¡ya lo devolvió! Y con esas simplezas cerramos los ojos y la discusión sobre valores. ¡Somos una sociedad poco ética, una especie de club de inmorales con numerosos socios!

La teoría de las ventanas rotas —tolerancia cero— es muy antigua pero no ha calado todavía. Se comienza aceptando algo pequeño para terminar justificando cualquier aberración posterior, mientras se desdeña lo esencial. Observe alrededor suyo y note cómo vemos con naturalidad que los buses paren en cualquier lugar, que muchos vehículos vayan sin luces, otros estén sobrecargados, o admitimos que nuestros amigos “nos pueden dar cola” aunque haya quienes lleven horas esperando. Lo anterior se convierte en cotidiano y no nos alerta de que algo está mal. También sabemos que si tenemos un amigo que tiene otro amigo se puede acceder a tal o cual lugar con ventaja y buscamos precisamente hacerlo así. Igualmente, muchas gasolineras son utilizadas para acortar el tráfico, como lugares de paso antes de llegar, pocos metros después, al cruce real, que es el que se debería de tomar. Y así, con esas reglas que se vulneran cotidianamente sobrevivimos sin advertir —salvo cuando salimos al exterior— que son violaciones constantes que tienen que ver con la legalidad y con la ética. El tiempo aumenta el nivel de tolerancia y para que algo parezca mal hecho cada vez tiene que ser más escandaloso.

El momento actual presenta ese debate: ética y legalidad, de ahí que con la ligereza propia de quienes no están dispuestos a cambiar lo más mínimo, se soslaye con un “déjalo, que ya devolvió el dinero”, sin asumir que lo grave —lo profundamente intolerable— es precisamente la falta de ética al haberlo recibido, y se llama corrupción. El resto, sin carecer de importancia, pasa incluso a segundo plano.

Me da la triste sensación de que en lugar de servir como aprendizaje y punto de partida de cambio seguiremos aceptando ese tipo de posturas, pero como ya dijera Savater: la ética comienza por uno mismo. No quiero ser cómplice, y nada ni nadie me hará cambiar de valores correctos. ¡Allá cada quien cómo educa y cómo se comporta! Yo prefiero mirar a mis hijos correctamente a los ojos.