Opinión

Con otra mirada

Evolución del espacio cristiano

José María Magaña

José María Magaña

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Arquitectura

En artículo precedente, PL 25.03.2017, esbocé el origen del espacio cristiano que los primeros adeptos usaron en Roma, una vez esa religión fue reconocida y adoptada oficialmente por el Imperio. El edificio que satisfizo sus necesidades fue la basílica; espacio largo con ábsides en sus extremos que los cristianos transformaron colocando el ingreso en uno de ellos.

A ese primer período de la historia de la nueva religión se le denomina paleocristiano. El edifico mantuvo la formalidad de su espacio y los hubo de una y de tres naves. La mayoría de las veces, las naves laterales se formaron con columnas despojadas de edificios imperiales abandonados, convertidos en ruinas. Los templos de ese período conservan en la nave central la escala vertical dada por la altura de las columnas utilizadas, así como el ritmo pausado de la separación entre ellas que permitieron los dinteles o los arcos de medio punto que las unieron. Sobre esa fila de columnas, a ambos lados, fue colocada una galería de ventanas que sobrepasa la altura de los techos de las naves laterales, proveyendo iluminación de manera profusa y uniforme.

El ábside se mantuvo para albergar el altar mayor. Tan importante punto focal del espacio cristiano fue elevado con una plataforma, tradicionalmente de tres gradas sobre el piso de la nave central, a fin de destacarlo. Las gradas representan a la Santísima Trinidad, dogma central sobre la naturaleza de Dios —Padre, Hijo y Espíritu Santo—.

Durante esa etapa, hasta el siglo V, se produjeron algunos templos de planta central —circular u octogonal— que permitieron que el espacio se dilatara con la aparición de hornacinas radiales. En esa nueva modalidad del diseño arquitectónico destaca el importante influjo de Bizancio como capital del Imperio Romano de Oriente, cuyos mejores ejemplos son Santa Sofía, en Constantinopla —hoy Estambul— y San Apolinare, en Ravena.

En el altar mayor del nuevo espacio arquitectónico, creado para congregar a los fieles y su encuentro con Dios, está el Sagrario o Sancta Sanctorum, destinado a depositar a Jesús Sacramentado. Ahí están las reliquias de los Santos y Mártires de la Iglesia Universal y es donde se ofrece el sacrificio vivo y santo de la Eucaristía. En otras palabras, es un espacio Dedicado; término usado para Consagrar los templos y altares. Toda bendición es una consagración del objeto a la persona de Dios, entendiendo por consagración aquello asociado a lo sagrado. Es decir, lugar santificado, contrario a profano.

Con fines didácticos, las superficies de los muros y ábside fueron usadas para representar escenas de la vida de Jesús, la Virgen María y los santos, fuera en pintura o mosaico. La escultura fue incorporada en los púlpitos y altares. Las fachadas de los templos no tuvieron mayor relevancia en su expresión artística, en tanto en el interior, la luz proveniente de las ventanas alcanzó cotas exquisitas con el uso del vitral.

Con esas bases sentadas para la arquitectura religiosa, los siguientes períodos culturales produjeron modificaciones sustanciales en la calidad del espacio.

Sin embargo, el uso de los edificios siguió siendo el mismo, pues el fin para el que fueron creados no se alteró. La concepción del espacio según las aspiraciones de cada período cultural interpretó su vínculo con Dios y su percepción del más allá, bajo el influjo de una religión que cada vez tuvo más poder y llenó todos los ámbitos en la vida de los hombres. Su impronta, hasta el día de hoy, quedó marcada de manera indeleble.