Opinión

Con nombre propio

Filgua como rebeldía

Alejandro Balsells Conde

Alejandro Balsells Conde

Las letras y las palabras siempre han tenido poder. El maestro Juan Carlos Lemus, justo en Prensa Libre, hace un año, recordaba: “En nuestro interior hay montañas, cordilleras de emociones y océanos de palabras. Decía Víctor Hugo: “La palabra, como se sabe, es un ser vivo”. Se habrá enterado de eso por alguna filosofía oriental. Según tales creencias, las palabras, una vez dichas, nunca mueren y hay un bosque habitado por ellas en algún lugar del universo. Tal sitio ha de ser nuestro mundo interior. Allí viven todas las palabras que nos hemos tragado. Y hay palabras malas y palabras buenas. Pueden llevarnos a la ruina o a la fortuna. Seguramente en eso pensaba Breton cuando escribió aquello de “Una palabra y todo está salvado. Una palabra y todo está perdido””.

Ocupamos espacio en un país donde por mucho tiempo pensar fue un delito, José Barnoya, ante el asesinato de Manuel Colom Argueta, en 1979, escribió: “El pensamiento es un privilegio. No debería ser delito el pensar. Es hermosa la frase: Pienso luego existo del viejo Descartes; pero la han transformado en palabras trastocadas: el que piensa deja de existir. Antes yo pensaba que el que piensa vale mucho; pero ahora nada vale el pensar”.

Pensar es la fuente de la libertad, por eso la libertad de expresión, de todas las libertades, es la más delicada. Expresar lo que se piensa, es tanto el comienzo del cambio o la defensa de lo que existe.

Mucho se escribe que en el 2017 se cumplen los 50 años de que el primer premio Nobel centroamericano fue entregado a Miguel Ángel Asturias, pero más que conmemorar al gran escritor debemos comprender que Asturias y sus colegas como Luis Cardoza y Aragón, Augusto —Tito— Monterroso, Mario Monteforte Toledo, por citar solo algunos, no pudieron expresarse en nuestro país porque su pensamiento era “peligroso” a lo que existía y por eso el exilio —voluntario u obligado— los llevó a otras latitudes. De hecho, solo Monteforte regresó a esta su tierra, ¡hasta hablar de amor era delito!

Pensar y expresarse de forma libre fue considerado una actividad riesgosa y hasta subversiva, de hecho fue hasta en 1982 que terminó la tutela constitucional estatal al pensamiento, pero como se entronizó un militar fanático y con ínfulas de dictador, no fue sino hasta el 14 de enero de 1985 que empezó un nuevo horizonte para garantizar la libertad de pensamiento, pero sobre todo la libertad de expresarnos y esto debemos aquilatarlo.

Filgua, la Feria Internacional del Libro de Guatemala, empieza y es un buen momento para rendir un homenaje al cambio que hemos tenido para acceder a distintos pensamientos. Si en algo hemos dado un viraje de 180 grados en positivo es en la expresión del pensamiento, ahora el reto es que esa libertad sea la gran promotora de las otras libertades, porque la brecha es enorme.

Hace unos años, en una sala de espera me encontré con Marco Antonio Flores –el Bolo Flores-, y conversando le pregunté: “¿cuál es la diferencia, maestro, entre escribir novela o poesía?”, viéndome a los ojos, un tanto con la mirada de sorpresa por la torpeza de la interrogación, señaló: “en la novela habla el cerebro, mientras que la poesía es sublime, se expresa un todo, late el corazón”.

Tener un lugar donde se puedan encontrar libros para todos los gustos no es solo un esfuerzo de mercado, sino un acto de libertad, y de acuerdo a nuestra historia, un acto de rebeldía. ¡Hagamos de esta coincidencia una vivencia, ayudemos a los patojos a cuestionar y pensar libremente!