Opinión

Mirador

Imagine…

Pedro Trujillo

Pedro Trujillo

En una de esas salas de interrogatorio policial que se ven en las películas, están sentados a la par, amigablemente y con un café, dos personajes conocidos: Marlon Monroy, alias el Fantasma y el mayor del Ejército de Guatemala Mynor Francisco Leonardo Cerón —su guardaespaldas—, ambos extraditados por delitos de narcotráfico.

Cuentan que casi el 90% de la droga que ingresa a USA pasa por Guatemala, pero además, cómo se ha consolidado últimamente una infraestructura de depósitos logísticos en el país. Uno de los dos confidentes indica que se almacena en fincas particulares e incluso en alguna instalación militar, y señala como responsables del entramado a actores políticos locales. El otro agrega que hay una estructura a muy alto nivel que proporciona seguridad y resguarda la información e incluso cita a personas conocidas. Edward, el agente especial a cargo, concluye tras un buen rato que la situación representa una amenaza directa para USA y recomienda destruir esa red, “quienquiera que caiga”. Perplejo por lo que oye, intuye que nos convertimos en objetivo político-policial de primer orden por afectar la seguridad norteamericana, algo que el agente de la DEA confirma por los gestos que aprecia en su rostro.

Deja el cuarto y sale a tomar aire. En la calle, posiciona mentalmente los últimos acontecimientos nacionales. Fue en abril que se produjo la detención del mayor Cerón, cuando coincidentemente aquellos cuatro diputados contrataron lobistas norteamericanos. También, cómo los hombres que rodean al presidente son diputados y casualmente militares en retiro: Ovalle (huido), Melgar Padilla, Aragón, Galdámez y otros, y cómo el FCN promovió esos decretos que modificaban el Código Penal, los mismos que por presión ciudadana tuvieron que “desaprobarse” al día siguiente. También viene a su memoria la orden de extradición por narcotráfico contra Roxana Baldetti y López Bonilla.

Recuerda la visita del presidente a New York para quejarse del comisionado Velásquez y al regresar —de pronto y casi con nocturnidad—, la declaración de no grato del jefe de la Cicig. El subsiguiente apoyo de un grupo de alcaldes —muchos de ellos señalados por diversas causas—, liderados por Edwin Escobar y Álvaro Arzú, el nombramiento del junior Arzú en “misión especial” —cual 007— para hacer negocios con Sudamérica o la concesión por el Ejército, al hermano del alcalde Escobar, de la compra sobrevalorada de puentes bailey. ¡Qué coincidencias!, susurra entre dientes. Y mientras encaja los sucesos en aquel escenario, se le viene a la memoria el bono mensual de Q50 mil que recibía el presidente del Ministerio de la Defensa y la reunión con ganaderos en la que lo apoyaron y pidieron la renuncia de ciertos funcionarios públicos. Las piezas del rompecabezas parecen encajar. De pronto interpreta ampliamente el contexto nacional y advierte de que hasta ese instante no había armado toda la escena. La clave para resolver el puzle la había escuchado, en aquella sala color blanco hueso y deslumbrante luz artificial, de dos informantes que conocen perfectamente los entresijos, los detalles y los nombres de los protagonistas.

Despertó sudoroso y con el corazón palpitando fuertemente, por culpa de los gritos de manifestantes que por la calle se dirigían a la Plaza. Advirtió que había dormitado casi una hora. Se asomó a la ventana para ver la multitud desfilando y se preguntó si todos aquellos que exigían renuncias y protestaban contra la corrupción seguían peleando la coyuntura pero ignoraban el fondo y la estrategia del golpe que se avecinaba.

Cerró la ventana y encendió la TV. Era mejor distraerse que imaginar cosas absurdas.

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