Opinión

Aleph

Incertidumbre en la Tierra de Mordor

Carolina Escobar Sarti

Carolina Escobar Sarti

Dos palabras podrían definir a la Guatemala de hoy: caos e incertidumbre. Hay un gobierno acéfalo, un presidente antejuiciado y dos miembros de su familia ligados a procesos judiciales, un Congreso cooptado por las mafias, una sociedad violenta y violentada al extremo, un sistema político obsoleto y desgastado al límite, un sistema judicial que no termina de pagar favores a sus oscuros financistas —capital narco incluido—, y un sistema de protección de niñez y adolescencia que solo existe en el papel —ya van tres secretarias de Bienestar Social nombradas en seis meses—.

Muchos intocables han sido alcanzados por la justicia de un Estado que ellos mismos secuestraron y tallaron a su medida, y la cooperación internacional se ha posicionado graníticamente en contra de la corrupción, dejando a viejos aliados fuera de su campo de interés. Muchos amigos y parientes se han distanciado entre sí por posturas pro o contra Cicig, porque en el fondo no son Iván Velásquez, la Cicig o el MP los que están en juego, sino una normalidad que permite que todo siga en el lugar de siempre. El agua estancada solo deja ver la suciedad del fondo cuando se revuelve. Se nos ha movido el piso profundamente; en este momento los dos lados en donde solía colocarse a las personas no son los referentes fijos y conocidos de siempre: derechas o izquierdas. Desde allí se hacían antes los escenarios, mapas y actores que permanecían, más o menos, estables en el tiempo. Hoy, esto se desplaza constantemente en direcciones inesperadas, y pone a temblar a Guatemala frente a uno de los grandes problemas de fondo: la corrupción.

Bajo nuestra epidermis de descalificación y ataque está el miedo. Hay miedo a perder aliados dentro y fuera del país, a perder poder, privilegios, amigos, costumbres y hasta ideas; mucho miedo al otro, a reconocer que hay una historia de pactos de corrupción que tienen a millones de personas en Guatemala viviendo de la manera más indigna. Hay divisiones fuertes en las iglesias, el Ejército, los medios de comunicación, el empresariado, los sindicatos, las familias. Es entropía pura, una medida clara de nuestro desorden actual, de nuestra incertidumbre.

En todo esto, la cooperación ha sido y podría ser determinante. Entre ella, hablo más de Estados Unidos. Lejos de sugerir que Guatemala se convierta en un protectorado de aquella nación, digo que Estados Unidos ha sido y seguirá siendo un actor indiscutible de nuestra historia. En su agenda hemisférica de hoy está la lucha contra la corrupción; además, estamos en su órbita y por diversas circunstancias socioeconómicas, geoestratégicas y políticas que ya conocemos, nos hemos ido haciendo codependientes de este y otros experimentos colonialistas que han anclado en nuestro territorio.

No entiendo bien el grito de soberanía nacionalista, porque no hemos sido del todo inocentes. Se ha necesitado siempre de elites locales dispuestas a pactar con lo que llegue “de fuera”, lo cual resultaría positivo si las partes se relacionaran más equilibradamente y esos pactos redundaran en una vida más justa y digna para toda la población, no solo para los grupos que tienen intereses particulares.

¿Cómo pasar de la incertidumbre a un nuevo orden? Necesitamos actuar ya a partir de pactos de transparencia, de una nueva ética, de otro tipo de responsabilidad humana. Pactos entre gente decente de todos los espectros del pensamiento político, que se atreva a pensar cuáles son las piezas que hay que cambiar para que toda la maquinaria funcione. Reimaginar el sistema político, seguir la reforma del sistema judicial, enfocarse en las políticas sociales comenzando por la niñez y la adolescencia, son solo algunas.

Le toca ahora al Congreso emitir el juicio político para definir si se le quita la inmunidad al presidente Jimmy Morales. Por ahora, esta sigue siendo la Tierra de Mordor, donde se extienden las sombras desde los tronos oscuros.

cescobarsarti@gmail.com