Opinión

Persistencia

Inferioridad intelectual de la mujer

Margarita Carrera

Margarita Carrera

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Margarita carrera Mujer

No es con un feminismo exasperado —colindante con el machismo— con el que se puede penetrar el profundo problema intelectual de la mujer.

Las banderas y proclamas feministas, con todo, no están de más para el enfrentamiento del drama a que se ve sometida la mujer dentro de la sociedad, pero no lo constituyen todo; son, sí, un buen síntoma de la toma de conciencia de un estado de cosas poco favorable para la mujer; más claramente detestable.

Cabe estudiar las causas que han relegado a la mujer —a través de la historia de la humanidad— a un papel poco relevante en el plano de la intelectualidad.

Si diéramos importancia a lo psicológico (sin olvidar, claro está, lo biológico y lo sociológico), veríamos que la mujer llega a atrofiar su capacidad de pensar y hasta de sentir, a causa de la tremenda represión sexual a que es sometida desde su infancia.

La maternidad, que la convierte en una especie de diosa intocable, la conduce también a la denigrante esclavitud. De “mater admirabilis” se torna en “mater dolorosa”. Y así, la mujer aprende, primero, a callar lo que tiene en mente, más adelante a borrar todo aquello que en una época de su vida pudo haber tenido en mente, para terminar, pronto, en el mayor de los casos, en la neurosis, fatal consecuencia de tanto silencio y represión.

Por esto se le tacha de voluble, de caprichosa, de inestable. Todos ellos, estados enfermizos, propios de una psiquis afectada emocionalmente desde la infancia.

Y si, como dice Esther Vilar en El varón domado, la mujer logra, por fin, domar al varón con traidores trucos para convertirlo en su esclavo, esta necesidad de domar y de esclavizar —innegable, por cierto, en toda alma femenina sometida a la cruel represión— oculta algo más profundo: su irrefrenable iracundia por ser relegada a último término en casi todos los planos vitales de una sociedad gobernada por varones.

Su venganza por negarle la satisfacción de sus más elementales necesidades humanas y proscribirla como ser inferior, ha de llevarse a cabo en una u otra forma. Una de ellas es hacer que el varón trabaje como esclavo, para ella vivir cómodamente protegida de toda intemperie material o espiritual.

Al denunciar Esther Vilar a sus compañeras como explotadoras detestables que obtienen con astucia y trampas el amparo del varón, descubre, asimismo, la cólera oculta que abruma al alma femenina, que ha de emplear tan ignominiosas armas para defenderse, indudablemente, de algo insoportable: el ver relegada desde su infancia sus prístinas necesidades eróticas.

El que tiene el deseo de domar y doma es porque algo doloroso pesa sobre su alma. No se siente bien, no está seguro de sí mismo si no es atropellando y sometiendo a los demás.

En el caso de la mujer, lo que la lleva a hacer al hombre más que un compañero, un esclavo que trabaje para ella, agobiado por toda clase de responsabilidades, es bastante delator: se le ha inculcado —desde niña— que el varón, simplemente por serlo y poseer algo que ella no tiene, es superior. Pronto se dará cuenta, por otro lado, de que el mundo ha sido hecho y deshecho por varones y para Varones, y que estos, a través de leyes y otras astucias despóticas que los hacen dueños y señores del mundo, disponen de ella a su antojo y capricho, dejándola totalmente desarmada para cualquier tipo de rebelión que la libre, en una u otra forma, de fatal dependencia masculina.

Pero todo esclavo cobra, tarde o temprano, venganza. Las atroces injusticias a que se ve sometido lo convierten en un ser pleno de iracundia, de cólera redentora.

margaritacarrera1@gmail.com