Opinión

De mis notas

Juan Salvador Gaviota

Alfred Kaltschmitt

Alfred Kaltschmitt

Rememorar el argumento de aquella película de los setentas al oír el nombre de Juan Salvador es casi automático. La gaviota del best seller de Richard Bach,  resistiéndose a ser como las demás. Rebelde al statu quo y a las prácticas de la habitualidad de lo que “así es” y tiene que ser así”, y mientras te conformes al molde de la plebe, de tu tribu, estarás bien en tanto no te atrevas a desplegar un color ajeno al uniforme, o lucir un destello diferente de pensamiento, o alguna acción “extraña” nacida de tu propia espontaneidad, porque sería percibida como una perfecta locura, aunque no lo sea.

De eso se trata esa obra. Que en la vida hay algo más allá de esta existencia encajonada. O de este molde llamando al conformismo. Lo intuimos todos porque también repica en nuestra humanidad ese mensaje de aprender a ser uno mismo, aunque te cueste el rechazo grupal. Y el ideal de alcanzar la perfección, tu cima, tu Éverest personal, es un anhelo general escondido allá en las entrañas de todo ser humano.

Las gaviotas comían basura. Vivían en basureros. Volaban y se adaptaban a la nomenclatura basurera. Viendo siempre para abajo, no necesitaban elevar su vista al cielo. ¿Para qué? Ya todo estaba hecho para cumplir con el diario sustento, picoteando de los mismos desechos, la supervivencia.

Viene a mi mente Juan Salvador Gaviota con la reincidencia del amotinamiento del presidio con igual nombre de esta ave heroína y rebelde. Vamos, llamémoslo por lo que es. Es un presidio. Hombre. Un encierro lleno de escoria donde la colectividad recluye a su basura juvenil inadaptada, drogadicta, desorientada de nuestra sociedad. Nadie tiene la culpa y todos la tenemos. Hogares disfuncionales. Escasas escuelas y talleres vocacionales compitiendo con aulas del crimen perfectamente equipadas y funcionales en cada cuadra de cada barrio. Es una competencia feroz entre la corriente de la perdición y el llamado al crimen fácil, que a la disciplina del aprender y el trabajo honesto. Sin familia se extingue la posibilidad de generar células grupales y comunidades de coexistencia y apoyo. Y sin una economía funcional, generando oportunidades de trabajo, la fábula se vuelve realidad y en verdad volamos sobre porquería y el basurero somos todos.

¿Habrá uno que podamos salvar? ¿Habrá dos? ¿Habrá tres? ¿Como Abraham rogando por salvar a por los menos 10 justos en Sodoma y Gomorra? ¿habrá un joven que podamos rescatar abriéndole las alas para que vuele hacia su cielo azul? ¿Cómo hacerlo dentro de este sistema podrido, inepto, incapaz, sin control, desorganizado y corrupto? ¿Quién podría hacerse cargo de estos jóvenes, muchos de ellos tan inmersos en la basura del crimen que ya no tienen alas, sino deformidades psicológicas más allá del bien y el mal? Y ahora con este fenómeno de las maras, cautivándolos hacia un sentimiento de pertenencia grupal, en el que se juran lealtades, se dan iniciaciones diabólicas, se desarrollan lenguajes kinéticos, con manos, posturas, y sus propios “calos”. Jóvenes totalmente inmersos en el crimen organizado, extorsiones, robos, drogas, sicariatos. La transformación después de años de membresía es un entenebrecimiento total del entendimiento.

¿Qué queda por hacer? ¿Recuperar las cárceles con los impuestos de una economía deprimida por la falta de certeza jurídica de la inversión, el irrespeto a la propiedad privada y un gasto público opaco, corrupto y de baja calidad?

Es un círculo vicioso que podría ser virtuoso si se dieran las transformaciones constitucionales contenidas en el proyecto de Pro Reforma.

Muso Ayau lo predijo: “Todo esto es como un bus, que va sin rumbo y sin chofer”