Opinión

Con otra mirada

Kakistocracia, gobierno de los peores

José María Magaña

José María Magaña

El influjo de la cultura griega clásica es enorme, y en el lenguaje, como instrumento de comunicación humano prevaleciente, se mantienen vigentes algunos términos cuyo significado muta, al punto de llegar a usarse equivocadamente. Particularmente me refiero a aquellos relacionados con el gobierno de las naciones. Su causa, el deterioro de los procesos educativos que en Guatemala tocaron fondo.

Los filósofos Platón y Aristóteles sugirieron el término aristocracia para definir un sistema político a cargo de gente que sobresalía por su sabiduría y capacidad intelectual, estudiada en colegios y universidades. Proviene de los términos griegos aristos: sobresaliente, y kratos: poder. Las monarquías europeas de los siglos XVIII y XIX lo usaron para denominar a las personas con poder político y económico, convertido en derecho hereditario, sinónimo de nobleza, ligado al acceso a la educación. Entre ellos estaban reyes, príncipes y otros títulos, lo mismo que militares. De ese concepto se derivan otros términos de gobierno griego, como plutocracia, gobierno de los ricos, y democracia, gobierno del pueblo.

La democracia, por definición, es representativa, en la que el pueblo otorga un mandato a los elegidos para ejercer el poder con fines determinados, limitados por la Constitución Política de la República; en ningún momento delega en estos el poder mismo. De ahí que también exista el término electocracia, en el que quien gobierna (quien se queda con el poder), es el candidato electo.

La burocracia, por su parte, es la estructura operativa con procedimientos, división de responsabilidades y especialización del trabajo mediante una jerarquía administrativa. En la administración pública funciona como un conjunto de técnicas tendentes a controlar el poder central —funcionarios—, mediante la contratación de personal idóneo según criterios y especificación de cargos de acuerdo al desempeño de sus funciones, bajo un régimen de disciplina. Así, la burocracia, busca dominar el poder de los funcionarios.

Ateniéndonos al actual estado de cosas, Carlos Castillo Peraza define burocracia como “el arte de convertir lo fácil en difícil por medio de lo inútil”. Pese a eso, pensadores siguen habiendo. Tenemos a Michelangelo Bovero, profesor de la cátedra de Filosofía Política de la Universidad de Turín, quien en los años 40 del siglo pasado acuñó el término “kakistocracia” para definir el gobierno de los peores. Del griego Kakos: malo, sórdido, sucio, vil, incapaz, innoble, perverso, nocivo, funesto y otros calificativos (su superlativo kakistos: peor) y kratos: gobierno.

Así, llegamos al siglo XXI. Aquellos conceptos que en el S. III A.C. inquietaron a los más grandes pensadores de la humanidad y fueron incorporados al lenguaje universal, en nuestro país han sido tan manoseados que perdieron su significado. El gobierno del candidato electo, la electocracia ya descrita, le apuesta a la falta de educación de un pueblo al que se niega hasta la elemental, aun teniendo el dinero para hacerlo. La burocracia dejó de cumplir su función de control a los funcionarios, y se prioriza el gasto público en pagar favores de campaña y sacar de pobres a familiares, amigos y compadres, cuyo común denominador es la incapacidad.

En el lenguaje coloquial, rico y florido de los guatemaltecos, hay términos que les definen muy bien: mediocres, pura lata, cachimbiros, chafas, muertosdi’ambre y otros no publicables. Calificativos que retratan de cuerpo entero a políticos que han ostentado el poder o intentan hacerlo al amparo de una democracia tropical que practicamos cada cuatro años, al atender como borregos convocatorias a elecciones generales, aunque las condiciones no sean las adecuadas.