Opinión

Aleph

La calamidad como estado

Carolina Escobar Sarti

Carolina Escobar Sarti

Que alguien me explique, porque no entiendo nada. En Guatemala, uno de cada dos niños y niñas menores de cinco años padecen desnutrición crónica, y el presidente decreta estado de Calamidad por el mal estado de las carreteras. En un solo año (2015) quedaron embarazadas 83 mil 483 niñas y adolescentes de entre 10 y 17 años (Osar), la mayoría de ellas producto de una violación. En el 2016 hubo siete mil 338 denuncias por violencia sexual en personas menores de edad, y 14 mil 698 por maltrato físico (MP); en ese mismo periodo hubo 809 muertes violentas en niños, niñas y adolescentes, el 90 por ciento de ellas por armas de fuego.

Cifras conservadoras reportan que en Guatemala hay 15 mil pandilleros; y solo en lo que va del año 2017 han sido hallados 123 bebés abandonados. Hace pocos meses el ministro de Educación dijo, en una entrevista (PL/15-10-16), que los 800 mil dentro del rango de 13 a 18 años que no están en el sistema educativo “se suman a otros 800 mil o 900 mil de entre 18 y 24 años que también debieron haber pasado por la escuela. Tenemos un millón 600 mil fuera del sistema educativo. Si el problema de cobertura a la población no se atiende, para el 2030 vamos a llegar a más de tres millones 400 mil jóvenes fuera. Es una bomba de tiempo, y a eso le tenemos que poner especial atención”.

El 8 de marzo murieron calcinadas 41 niñas y adolescentes en el Hogar de Protección del Estado Virgen de la Asunción, y por ninguna parte se asomó el estado de Calamidad. ¿Por qué el presidente y los diputados, luego de la tragedia del Hogar “Seguro”, no declararon estado de Calamidad desde el sentido de urgencia que podría haber permitido reorientar de manera inmediata la situación de la niñez y la adolescencia en Guatemala? En Brasil lo hicieron alguna vez por mucho menos: debido a la conflictividad social, 40 días antes de un mundial de futbol.

Ante la ignominiosa situación que vive una inmensa mayoría de niños, niñas y adolescentes guatemaltecos, la clase política no ha entendido que la situación de la niñez y la adolescencia debe ser tratada como emergencia nacional. El diagnóstico está servido. Imaginación y voluntad política es lo que falta. A partir de una estrategia-país de corto, mediano y largo plazos, con presupuestos enfocados a niñez y adolescencia, especializando a quienes trabajan con niñez, considerando el desarrollo de competencias familiares y parentales en todos los departamentos, por medio de programas de formación y apoyo a familias como se hace en los países desarrollados; dándole nueva vida al Sistema de Protección Integral de niñez y adolescencia, entre otros. Sabemos que a ningún político le interesa la niñez más que para las fotos de campaña, primero porque no vota y segundo, porque los resultados de invertir en ella los cosecharán otros. Pero la niñez es hoy, como dijo Mistral.

Entiendo que la Secretaría de Bienestar Social, de la mano de Sara Oviedo, está trazando una estrategia que ha empezado a cumplirse, pero no con la celeridad y la fuerza que esta realidad demanda. Emergencia es emergencia. La situación de la niñez y la adolescencia se pinta hoy como un terremoto de 10 grados, y no le veo futuro a Guatemala, si esto no se levanta desde una visión estratégica de Estado, no de gobierno. Hoy, nuestra inversión en niñez y adolescencia, según Icefi, es de US$0.73 por día, la menor de la región y una de las más bajas del mundo.

Cuando veo a los jóvenes de Gaviotas, pienso en lo que como sociedad —política y civil— hemos hecho. Sé de primera mano que hay ejemplos maravillosos entre ellos que han logrado salir adelante y ser hombres ejemplares, a pesar de haber nacido en una Guatemala donde tantos nacen condenados. Por ello, creo en la epigenética, que nos habla de una plasticidad celular que permite recuperaciones profundas en contextos dignos, llenos de afecto y oportunidades. Y digo: ojalá.